Efraín Huerta

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Pausa

Entre lirios azules y aristas de recuerdos
envueltos en pañuelo de seda,
todo lo que es mi vida. Deshecha
en una raya de la noche,
en ese vidrio que sangra en la ventana,
sobre tus hombros.
Entre la luz y el cadáver de una hora,
mi vida. Sin cantos, sin esquinas.

Lenta y precisa, acostada en los días,
en el nivel de la lluvia y el frío,
vestida de reflejos, esbelta,
distraída, te presentas junto a la novedad
de verme solo. Te sonríes
y el dibujo de tu boca ya lanza
en fuga los silencios y los lirios.
El pañuelo que vuela, abandonado,
sin haber memorizado un camino,
un descanso, una futura ausencia.

Mi soledad te huye.
Este humo pretende perforar las paredes,
el agua se desbanda por el suelo,
tu retrato se desconoce tuyo.
Mi soledad me pertenece.
Nunca se cansó tanto el vidrio de reloj
como ahora, anotando tus senos,
tus cabellos, tu asombro
enfrente de mi angustia.

Entre ruidos de lirios parece tu recuerdo,
se ahoga tu perfil. Y mi vida camina
inmersa en lo absoluto de las noches,
sin gritarte, sin verte.

Efraín Huerta

Tótem

Siempre 
Amé 
Con la 
Furia 
Silenciosa 
De un 
Cocodrilo 
 
Aletargado 
 

Efrain Huerta

Aleluya cocodrilos sexuales aleluya

Para ella que me mira morir 
 
 
El gran río penetró la roca viva 
y se adelgazó hasta el miedo y el estruendo 
se hizo rayo se hizo ruina se hizo tonto esqueleto 
y hoy padece a lo largo de pieles de tigre 
a la orilla del cocodrilo que me sueña 
y me hunde en el naufragio 
de su carne tan blanca 
oh carne nacarada en medio 
de la arena 
como tú 
y estas dos medallas de oro que muerdo 
dalias de vida y de martirio 
y en ellas me retrato y consigo el descenso 
al dulce infierno de tu vientre 
y de nuevo los dientes 
ah malditos 
ah maldita tú también 
larga bestia ululante despierta lengua 
en aquel círculo de asesinos 
(Pierde toda esperanza 
amor mío) 
de almas danzantes albas 
cool cool cool cool jazz 
¡Bríndamelo por fin 
Aleluya Aleluya magnífico Grijalba 
muerto de frío de rocas y pañuelos rojos 
Piérdete 
adelgázate hasta la soledad 
de los cocodrilos que agonizan 
al pie de mi medio siglo 
y de mi alcohol 
cohol cohol cohol cohol jazz 
marinera manía 
de pintar escribir declamar pagar impuestos 
luz renta etcétera 
y luego abrazarte 
bajo el diluvio de sones antillanos y misas lubas 
y volver a abrazarte hasta el arte y el hartazgo 
y aleluyarte hasta no sé cuando 
dormida y abrumada purificada 
putificada 
¡Aleluya! ¡Aleluya! 
poetas elotes tiernos calaveritas apaleadas 
poetas inmensos reyes del eliotazgo 
baratarios y pancistas 
grandísimos quijotes de su tiznadísima chingamusa 
perdónenme grandes y pequeños poetas 
(Soy acaso el Hijo de Sánchez de la poesía 
¿Peralvillo Tepito Incorporated? 
Alors los invito a discurrir 
pespunte limpio 
por el nuevo paseo la Anti-Reforma) 
 

Efrain Huerta

Declaración de amor

Ciudad que llevas dentro 
mi corazón, mi pena, 
la desgracia verdosa 
de los hombres del alba, 
mil voces descompuestas 
por el frío y el hambre. 
 
Ciudad que lloras, mía, 
maternal, dolorosa, 
bella como camelia 
y triste como lágrima, 
mírame con tus ojos 
de tezontle y granito, 
caminar por tus calles 
como sombra o neblina. 
 
Soy el llanto invisible 
de millares de hombres. 
 
Soy la ronca miseria, 
la gris melancolía, 
el fastidio hecho carne. 
Yo soy mi corazón desamparado y negro. 
 
Ciudad, invernadero, 
gruta despedazada. 
 
Bajo tu sombra, el viento del invierno 
es una lluvia triste, y los hombres, amor, 
son cuerpos gemidores, olas 
quebrándose a los pies de las mujeres 
en un largo momento de abandono 
-como nardos pudriéndose. 
 
Es la hora del sueño, de los labios resecos, 
de los cabellos lacios y el vivir sin remedio. 
 
Pero si el viento norte una mañana, 
una mañana larga, una selva, 
me entregara el corazón desecho 
del alba verdadera, ¿imaginas, ciudad, 
el dolor de las manos y el grito brusco, inmenso, 
de una tierra sin vida? 
Porque yo creo que el corazón del alba 
en un millón de flores, 
el correr de la sangre 
o tu cuerpo, ciudad, sin huesos ni miseria. 
 
Los hombres que te odian no comprenden 
cómo eres pura, amplia, 
rojiza, cariñosa, ciudad mía; 
cómo te entregas, lenta, 
a los niños que ríen, 
a los hombres que aman claras hembras 
de sonrisa despierta y fresco pensamiento, 
a los pájaros que viven limpiamente 
en tus jardines como axilas, 
a los perros nocturnos 
cuyos ladridos son mares de fiebre, 
a los gatos, tigrillos por el día, 
serpientes en la noche, 
blandos peces al alba; 
cómo te das, mujer de mil abrazos, 
a nosotros, tus tímidos amantes: 
cuando te desnudamos, se diría 
que una cascada nace del silencio 
donde habitan la piel de los crepúsculos, 
las tibias lágrimas de los relojes, 
las monedas perdidas, 
los días menos pensados 
y las naranjas vírgenes. 
 
Cuando llegas, rezumando delicia, 
calles recién lavadas 
y edificios-cristales, 
pensamos en la recia tristeza del subsuelo, 
en lo que tienen de agonía los lagos 
y los ríos, 
en los campos enfermos de amapolas, 
en las montañas erizadas de espinas, 
en esas playas largas 
donde apenas la espuma 
es un pobre animal inofensivo, 
o en las costas de piedra 
tan cínicas y bravas como leonas; 
pensamos en el fondo del mar 
y en sus bosques de helechos, 
en la superficie del mar 
con barcos casi locos, 
en lo alto del mar 
con pájaros idiotas. 
 
Yo pienso en mi mujer: 
en su sonrisa cuando duerme 
y una luz misteriosa la protege, 
en sus ojos curiosos cuando el día 
es un mármol redondo. 
Pienso en ella, ciudad, 
y en el futuro nuestro: 
en el hijo, en la espiga, 
o menos, en el grano de trigo 
que será también tuyo, 
porque es de tu sangre, 
de tus rumores, 
de tu ancho corazón de piedra y aire, 
de nuestros fríos o tibios, 
o quemantes y helados pensamientos, 
humildades y orgullo, mi ciudad, 
 
Mi gran ciudad de México: 
el fondo de tu sexo es un criadero 
de claras fortalezas, 
tu invierno es un engaño 
de alfileres y leche, 
tus chimeneas enormes 
dedos llorando niebla, 
tus jardines axilas la única verdad, 
tus estaciones campos 
de toros acerados, 
tus calles cauces duros 
para pies varoniles, 
tus templos viejos frutos 
alimento de ancianas, 
tus horas como gritos 
de monstruos invisibles, 
¡tus rincones con llanto 
son las marcas de odio y de saliva 
carcomiendo tu pecho de dulzura! 

Efrain Huerta

La Rosa Primitiva

Escribo bajo el ala del ángel más perverso:
la sombra de la lluvia y el sonreír de cobre de la niebla
me conducen, oh estatuas, hacia un aire maduro,
hacia donde se encierra la gran severidad de la belleza.
Escribo las palabras y el penetrante nombre del poema,
y no encuentro razón, flor que no sea
la rosa primitiva de la ciudad que habito.
Nunca el poema fue tan serio como hoy, y nunca el verso
tuvo la estatura de bronce de lo que no se oculta.
Hacia el amor, las manos, y en las manos, gimiendo,
hojas de yerba amarga del pensamiento gris,
secas raíces de una melancolía sin huesos,
la danza del deseo muerto a vuelta de esquina
y un sollozo frustrado gracias a la ternura.

Hacia el amor, sonrisas, y en ellas, como almas,
el malogrado espíritu de un mensaje que un día
cobró cierta estructura, y que hoy, entorpecido,
circula por las venas.

Nunca digas a nadie que tienes la verdad en un puño,
o que a tus plantas, quieta, perdura la virtud.
Ama con sencillez, como si nada.
Sé dueño de tu infierno, propietario absoluto
de tu deseo y tus ansias, de tu salud y tus odios.
Fabrícate, en secreto, una ciudad sagrada,
y equilibra en su centro la rosa primitiva.
Al pueblo y a la hembra que enciendan cuanto hay en ti de hermoso,
y murmuren mensajes en tus oídos frágiles,
debes verlos con santa melancolía y un aire desdeñoso,
mandarlos hacia nunca, hacia siempre,
hacia ninguna parte...

Quédate con la rosa del calosfrío,
la rosa del espanto estatuario,
la inmaculada rosa de la calle,
la rosa de los pétalos hirientes,
la rosa-herrumbre del fiero desencanto,
la primitiva rosa de carne y desaliento,
la rosa fiel, la rosa que no miente,
la rosa que en tu pecho debe ser la paloma
del latido fecundo y el vivir con un pulso
de gran deseo hirviendo a flor de labio.

La rosa, en fin, de las espinas de oro
que nuestra piel desgarran y la elevan
hacia el sereno cielo de donde la poesía
nos llega mutilada, como ruinas del alba.

Efraín Huerta

Meditación de La Rosa

Supón, mi amor, que trazamos la hora con una rosa
y que el agua es la medida de todas las rosas.
Piensa, azucena, en un becqueriano batir de alas
presente a nuestro paso, inmerso en nuestro tiempo.
Siempre hay alguien desnudo en lo que va del cielo
a esta tierra de duros y salobres pensamientos.
Yo te miro decir y escucho tu silencio
cuando lloro los días que fueron pavorosos.
Una balada es un poco de tibia espuma
es un sereno atardecer salido de la nada.
Supón entonces, amor mío, que hay un espejo
al que sonríes por las verdades ya dichas.
La luna acaba de ser amada, dijo un poeta
que simplemente se llamaba Juan punto y aparte.
Sabes bien que habrá una invasión de misterios
bien soñados tal vez o dulcemente pensados.
Andamos y desandamos mil y un caminos
como sombritas de fieras sin salida posible.
El hombre es la más bella conquista del aire
insistió aquel poeta que se llamaba nada más Juan.
Un miedo de singulares perfiles nos abruma
mientras morimos gritando ¡amor! ¡amor!...
Hemos vivido más o menos como ángeles en pena
navegando en lo que llamamos un desierto ardiente.
Amando hasta nunca decir basta de amar
y oído y visto guerras de infinito terror.
La bondad nos quedaba estrictamente prohibida
porque ya no había espacio ni necesaria era.
Apostamos la vida a un albur de silencio
cuando el amor no era sino una niña espina.
Alguien nunca esperado se acerca paso a paso
y pretende quebrar este amor de la rosa de hielo.
Hoy debemos cerrar las puertas, las ventanas
y no dejar entrar la niebla y su veneno.
Pues te repito que tendremos los agrios pensamientos
que suelen suceder al sudor amoroso.
Ahora supón, oh descarnada rosa bienamada
que nos fatiga el encierro y salimos a una calle.
¿Por qué no hay aquí una calle nombrada Góngora
con los campos de plumas tan urgentes?
Ignoro si ganamos o perdimos la batalla
contra los días que fueron y los días que vendrán.
No estoy ni estuve para decir cuáles penas
nos afligieron ni para descubrir lo que somos.
Sólo sé que no sé nada sino amarte
como se ama a la rosa paridamente fresca.
Te contaré mis ciclos de histeria y de neurosis
como si fueran sólo el alma de mi siglo.
Todo parece primitivo todo insomne
todo parece mar parece dientes parece lejos.
Ámame por desdicha por descanso porque sí
o porque no o porque nada o por mero desvelo
Después de todo soy una constante rebelión
sofocada como adivinarás a pura sangre.
Vamos tú y yo y aquella rosa recién llegada
por una oscuridad parecida a un reino quietísimo.
Hemos vivido y viviremos en la memoria de aquel hombre
que pasa como un árbol que no tiene descanso.
No pienses ya nada ni nada supongas
porque las fronteras son irremediables
y yo sobrevivo tú sobrevives todos sobrevivimos
para que el amor sea el gemido de siempre
y la piel no parezca un campo incendiado
y la dicha recorra tu cuerpo como una caricia mía.

Efraín Huerta

Para Gozar Tu Paz

Como el viento agita las altas hierbas
así mis dedos vuelan sobre tu cabellera de diamantes,
y la noche de alcohol y los árboles de oro
encierran para siempre un sollozo de triunfo,
el ay de la alegría, el ah definitivo.
Como el aire de junio en la colina
mueve la dulce sombra de la nube,
así mi corazón se sacrifica
en el húmedo templo de tu pelo.

Nave sin dueño, sombra de ardorosa
violencia, esta mi mano canta
bajo el murmullo alado de tu gloria.
Porque tienes la luz y la belleza
en el sereno estanque de tu rostro,
así el negro laurel es tu corona
y es mi fatiga y es
la sangre del insomnio.

Sólo cuando el pecado es la guirnalda
y la atadura, la cadena infinita
y el profundo latido; sólo cuando
la hora ha llegado, y tú,
joven de rosas y jazmines,
miras al horizonte del deseo
y dejas que el tesoro de seda y maravilla
sea la noche en mis manos,
sólo entonces, dorada,
todo me pertenece:
las hierbas agitadas y el viento
corriendo como el agua entre mis dedos:
agua de mi delirio, eterna fiebre,
espejismo y violencia, dura espina
pedernal de la muerte, lento mármol,
millón de espigas negras.

Donde nace la idea,
donde tus pensamientos
-aves en dulce selva sometidas-,
donde mis labios buscan el milagro,
ahí estará mi fuerza.
Ahí estará el dolor de mi presencia:
al pie de tu dominio y tu pureza,
sin más aroma que el júbilo
y una medalla de aire,
palpitante, como el fuego
de una lágrima viva.

Crece la hierba, el río,
y el ala de la garza
es la mano de Dios que se despide.
Crece el amor en invisible grito
(quemante, activa espada),
y el corazón despierta
como herido de muerte.
Doblo la lenta hoja del silencio
y te apareces tú, página y perla,
con el cabello al viento
y una cierta sonrisa de alta luna.

Suave y veloz, como el aire de junio,
beso tu cabellera de diamantes,
el tesoro escondido de tu sueño,
y digo adiós a la violencia
para gozar tu paz,
tu dulce, tu gloriosa geografía,
por siempre detenido,
por siempre enamorado.

Efraín Huerta

La Paloma Y El Sueño

Tú no veías el árbol, ni la nube ni el aire.
Ya tus ojos la tierra se los había bebido
y en tu boca de seda sólo un poco de gracia
fugitiva de rosas, y un lejano suspiro.

No veías ni mi boca que se moría de pena
ni tocabas mis manos huecas, deshabitadas.
Espeso polvo en torno daba un sabor a muerte
al solemne vivir la vida más amarga.

Había sed en tus ojos. Suave sudor tu frente
recordaba los ríos de suave, lenta infancia.
Yo no podía con mi alma. Mi alma ya no podía
con mi cuerpo tan roto de rotas esperanzas.

Tus palabras sonaban a olas de frágil vuelo.
Tus palabras tan raras, tan jóvenes, tan fieles.
Una estrella miraba cómo brilla tu vida.
Una rosa de fuego reposaba en tu frente.

Y no veías los árboles, ni la nube ni el aire.
Parecías desmayarte bajo el beso y su llama.
Parecías la paloma extraviada en su vuelo:
la paloma del ansia, la paloma que ama.

Te dije que te amaba, y un temblor de misterio
asomó a tus pupilas. Luego miraste, en sueños,
los árboles, la nube y el aire estremecido,
y en tus húmedos ojos hubo un aire de reto.

No parecías la misma de otras horas sin horas.
Ya sueñas, o ya vuelas y ni vuelas ni sueñas.
Te fatigan los brazos que te abrazan, paloma,
y, al sollozar, a un lirio desmayado recuerdas.

Ya sé que estoy perdido, pero siempre ganado.
Perdido entre tu sombra, ganado para nunca.
Mil besos son mil pétalos protegiendo tu piel
y tu piel es la lámpara que mis ojos alumbra.

¡Oh geografía del ansia, geografía de tu cuerpo!
Voy a llorar las lágrimas más amargas del mundo.
Voy a besar tu sombra y a vivir tu recuerdo.
Voy a vivir muriendo. Soy el que nunca estuvo.

Efraín Huerta

Absoluto Amor

Como una limpia mañana de besos morenos
cuando las plumas de la aurora comenzaron
a marcar iniciales en el cielo. Como recta
caída y amanecer perfecto.

Amada inmensa
como un violeta de cobalto puro
y la palabra clara del deseo.

Gota de anís en el crepúsculo
te amo con aquella esperanza del suicida poeta
que se meció en el mar
con la más grande de las perezas románticas.

Te miro así
como mirarían las violetas una mañana
ahogada en un rocío de recuerdos.

Es la primera vez que un absoluto amor de oro
hace rumbo en mis venas.

Así lo creo te amo
y un orgullo de plata me corre por el cuerpo.

Efraín Huerta

La Estrella

Labios como el sabor del viento en el invierno,
dientes jóvenes de luna consentida en la llama
del abrazo.
Se endurecía la noche en tu garganta.
Espacio duro de tus senos. Amarilla y quemada,
la inesperada sombra de tus piernas en la alas
de los pájaros
cuando tus dedos en un juego de látigos
hendían prisas de frío.
Que nos perdonen las sábanas lunares de los árboles
y el sueño arrebatado a las estatuas,
y el agua estremecida con la caída
del deseo. Tenías los ojos limpios, Andrea.
La estrella de tu frente como herida de vino,
enferma, detenida en mi boca.
Había un mundo de silencio en tu cuerpo,
como si la muerte se hubiera mirado en un espejo
o varias rosas en agonía hubieran imaginado
un paraíso de nieve o de cristales.

(Ahí perdura solamente lo desconocido
que nuestros labios apagaron.
El recuerdo es materia de belleza poseída y escrita
en páginas en las que un poco de amor pasó rozando.
Como el recuerdo gritarían las cabelleras
mojadas en acuarelas de angustia.
Así serían las voces de os aires helados fundiéndose
en las aristas de una montaña de bronce.)

Te corría por la espalda una gota de sangre
de mis venas. La noche, con la niebla
y el silencio en medio de los senos, nos veía y
procuraba
cambiar su propia ruta.
Que nos perdonen las mismas pinceladas de la aurora.

Exprimidas las horas como cerezas en nuestros labios,
apenas un instante de tus hombros
se deslizó en mi sueño.

Efraín Huerta

Estrella En Alto

En el taller del alma maduran los deseos,
crece, fresca y lozana, la ternura,
imitando tu sombra,
inventando tu ausencia
tan honda y sostenida.

Hoy te sueño,
amante:
estrella en alto, huella
de una violeta lenta.

Oscuramente bella la soledad germina en torno de mi cuerpo.
Hoy te sueño, amante:
jugamos a la brisa y al frío.
Tu nombre suena como tibia pureza inimitable.

Y del cielo a la tierra,
de aquella estrella en alto al dulce ruido de tu pecho,
bajan con inefable rapidez
y como espuma roja
apresurados besos,
recios besos,
crueles besos de hielo en mi memoria.

Un grito de agonía, una blasfemia
vuelve grises tus senos,
y mi sueño,
y esa noble fragancia de tu sexo.
¿Qué esperamos, hermana,

de esta reciente aurora
que nos fatiga tanto?
Mira la estrella,
es blanca, no es azul.
Mírala, y que tus ojos perduren como rosas perfectas.

Efraín Huerta