Eugenio de Castro
Camino de Paris
Del sol a los fulgores matutinos,
rumbo a París, atravesando a España,
paró el convoy en aldehuela extraña
que borda un río con sus chopos finos.
Llena el alba florida los caminos...
y yo le digo a aquel que me acompaña:
-«Allí, pastor o cortador de caña,
viviera mansos días cristalinos».
Mas una voz en mi interior murmura:
quiere el lago ser mar y el mar ser fuente;
nuestra vida no es más que un vano empeño
de hallar en lo inestable la ventura;
si vivieses allí, seguramente
que seguir el convoy fuera tu sueño!
Versión de Miguel Rasch-Isla
Epitafio
En la tumba de una doncella
Muchas tardes, detrás de mi ventana,
vi anochecer, con ánimo rendido,
en espera del novio presentido
que vi en mi sueño azul de la mañana.
Con ternura solícita de hermana
tánto esperé que conocí el olvido,
pues si acaso pasó, fue confundido
con todos en la turbia caravana.
Mi cuerpo en flor lo marchitó la muerte...
Fíja, doncel que pasas, los ruiseños
ojos aquí; verás cómo suspiras!
Somos quizás, por saña de la Suerte,
tú acaso el que no ví sino en mis sueños,
y yo talvez la que en tus sueños miras!
Versión de Miguel Rasch-Isla
Las Hilanderas
La anciana y la doncella
hacen girar sus husos vibrátiles. La anciana,
ciñe una veste negra,
muy negra; la doncella ciñe una veste blanca.
La viejecita llora y hace girar el huso;
la niña también hace vibrar el huso, y canta.
Hay en el cielo estrellas. El agua de los pozos
recibe, en su azulosa profundidad, la sacra
comunión de la luna...
-Linda doncella que hilas el lino de mis sábanas
de bodas, hila pronto, doncella, que me esperan
los brazos y los senos turgentes de mi amada...
(Es de cristal el huso pausado de la niña
de ciprés el huso ligero de la anciana).
-Óyeme, viejecilla,
hagas girar con tanta
presteza el huso frágil en que se enreda el lino
sutil de mi mortaja...
Mírame bien: soy joven, amado y venturoso;
tengo una novia blanca
más suave que las flores;
soy bueno. Hay en mi alma
mucho amor por la vida... Reposa, viejecilla,
continuarás mañana.
La aurora.
El agua lenta del río perezoso
por sobre la llanura se aleja, fatigada
de haber andado toda la noche. La abuelita
ya tiene presto el hilo sutil de mi mortaja;
la niña se ha dormido y el huso cantarino,
el huso que giraba
regocijadamente para aprontar el lino
de mis nupciales sábanas,
yace en el suelo, roto,
roto y disperso en una constelación de lágrimas.
Versión de Eduardo Castillo