Jacinto Verdaguer

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Sum Vermis

Non vivificatur nisi prius
moriatur ( 1° Cor., 15, 36).
E carcere ad oethere.
Dant vincula pennas.

Miradme aquí, Señor, a vuestras plantas,
de todo bien desnudo, enfermo y pobre,
de mi nada perdido en el abismo.
Vil gusano de tierra, por un rato
be venido a arrastrarme a la ceniza.
Mi cuna fue un grano de polvo
y otro grano será mi sepultura.
Quisiera ser algo para ofreceros,
pero Vos me queréis pequeño e inútil
y desnudo de gloria y de prestigio.

Haced de mí lo que queráis, hoja seca
de las que el viento lleva, gota de agua
de las que el sol, sobre la hierba, seca,
o si queréis, motivo de escarnio.
Yo no soy nada, mas mi nada es vuestra;
vuestra es, Señor, y os ama y os quiere.
Haced de mí lo que queráis; no soy digno
de andar a vuestros pies; cual árbol estéril,
arrancadme de raíz de la tierra;
devastadme, abatidme, aniquiladme.

Venid a mí, congojas del martirio,
venid. Oh cruces, mi oro y mi fortuna,
ornad mi frente, engalanad mis brazos.
Venid, laurel y palmas del Calvario,
si hoy ásperas me sois, pronto me será
a vuestra sombra dulce sentarme.
Espina del dolor, ven a punzarme;
corre a abrigarme con tu manto, oh injuria;
calumnia, a mi alrededor lodo apila,
miseria, ven para llevarme a rastras.

Versión de José Batlló

Jacinto Verdaguer

El Hundimiento

Entre rayos y olas destrozados hervían
de Calpe los jirones, que arrastraban detrás
los esquinados bloques que al cóncavo salían
a ver la luz del cielo que no vieron jamás.

Ante el fragor del caos se abisman nuevamente
sobre el sillar que siempre les sirvió de sostén
y en el antro siniestro de aquella mar rugiente,
truenan y se estremecen con hórrido vaivén.

La que tálamo fuera de Hespérides hermosas,
se hunde y sus picachos ruedan al valladar;
y exhala tristes ayes y voces angustiosas
cual hembra que, en mal parto, la vida va a dejar.

Al monte abren sepulcro las llanuras rajadas
lanzando resoplidos terribles al crujir;
ya no caen ciudades ni torres almenadas;
de un mundo en la agonía mortal es el gemir.

El Minhocao enorme que duerme en sus entrañas
al ver que así las rajan, ardiendo de furor,
sale entre los escombros de pueblos y montañas
y los monstruos marinos se ocultan con pavor.

Mas otros, el abismo escupe entre las rocas
que en el árbol que cruje tenían su nidal;
ogros y basiliscos de ennegrecidas bocas
y enormes sierpes boas de erizado dorsal.

Cual dique que se rompe, la tempestad revienta
en rayos fulgurantes y sierpes carmesí
y al paso de las olas que Atlántida sustenta,
sus raíces profundas arranca tras de sí.

Sobre su cuerpo danzan las iras del Eterno;
su frente y pecho aplastan la furias de Satán,
mientras hacia el abismo, los genios del Averno
cual gnomos contrahechos, la empujan con afán.

Y encima de los montes cual toros sin barrera,
el mar Mediterráneo las olas ve en la lid,
que con enormes rocas chocan en su carrera
y a empellones las tiran sin decirles: «Huid».

Del torbellino en alas pelea el mar helado
con islas, continentes y hielos en montón,
que en lajas los arroja del uno al otro lado
seguido por las naves, las fieras y el ciclón.

A lo lejos, la Atlántida en su tálamo echada,
con la voz de poniente responde al ronco mar;
y para abrir la presa de su sierra encrestada,
enormes moles de agua le arroja sin parar.

El muro de peñascos cae con estruendo
como a las duras hachas el roble secular;
y ruedan las almenas a su fragor tremendo
mientras se desmorona su asiento circular.

Se aterra; y sus escombros en alas de las Furias,
las olas levantiscas reciben en montón,
rellenando los llanos que hollaron mil centurias
y arrancando los montes que respetó el ciclón.

Chocaron; con sus aguas, sus aguas se juntaron
y al fragor de los rayos y del trueno al bramar,
con eternal abrazo la su amistad sellaron
entre flotantes selvas e islotes sin formar.

Cuando Dios rompa el mundo, así entre sus despojos
se verá al sol rodando cual despeñado alud,
buscando a tientas, ciego, sus resplandores rojos
y a la Parca a los muertos llamando en su ataúd.

Mas la voz del arcángel domina los rugidos
y le envía más furias, rayos y tempestad.
«¡Cerrad con ella polos del Norte y Sur unidos!,
¡fieras, a dentelladas su cuerpo destrozad!»

Y con el raudo azote de su rojiza espada
las hostiga, iracundo, chispeando al rasgar
y el reino derruido y la aldea incendiada
juntan sus fieras voces a las del ronco mar.

Versión de Ots y Lleó

Jacinto Verdaguer

El Lecho de Espinas

In lectulo meo per noctes quoesivi quem
diligit anima mea: quoesivi illum, et non
inveni (Cant. III)

En mi lecho de fl0res
mi labio lo ama;
no lo ama, no,
tan sól0 lo sueña.
Si el Amor no llega,
yo me moriría.
Si el Amor no llega-
yo me moriré.

Lo buscan mis brazos,
mi gemido lo llama:
«¿Dónde estáis, Amador,
puñadito de mirra?
Decídmelo, por favor,
si queréis que venga.
No hay sueño en mis ojos,
cuando el brazo no os tiene,
cuando vos marcháis
lejos está la elegría.
Saldré a buscaros ,
cual cierva herida
que busca la fuente,
la fuente de agua viva.»
Tropieza a los soldados
que guardan la villa:
«¿No habréis visto
al Amor de mi vida?»
Me han quitado el manto,
el manto de viuda,
y con sus manos crueles
me han amortecido;
mas, ay, de sus golpes
apenas me dolía,
que me quita el dolor
más suave herida.
Un poco más allá
gemir oía.
Lo veo en la Cruz
donde, llamándome, expira,
clavados pies y manos,
la cabeza entre espinas.
Los gemidos que hace,
yo bien los entendía.
Si el Amor no llega
yo me moriría.
Si el Amor no llega,
yo me moriré.
Cuando lo veo morir,
mi corazón suspira;
me abrazo a la Cruz
cual a una cepa de viña.
«Jesús, ya no quiero
el lecho que me placía,
os lo hice de flores
y lo queréis de espinas;
si en el vuestro me queréis,
en él yo dormiría,
clavados pies y manos,
la cabeza entre espinas,
y una lanzada en el corazón
que me arrebate la vida.»

Versión de José Batlló

Jacinto Verdaguer