Joan Margarit
La Muchacha Del Semáforo
Tienes la misma edad que yo tenía
cuando empezaba a soñar en encontrarte.
No sabía aún, igual que tú
no lo has aprendido aún, que algún día
el amor es esta arma cargada
de soledad y de melancolía
que ahora te está apuntando desde mis ojos.
Tú eres la muchacha que yo estuve buscando
durante tanto tiempo cuando aún no existías.
Y yo soy aquel hombre hacia el cual
querrás un día dirigir tus pasos.
Pero estaré entonces tan lejos de ti
como ahora tú de mí en este semáforo.
Soneto En Dos Ciudades
Le rouge por naître a Barcelone,
le noir pour mourir a Paris.
Leo Ferré: Thank-you, Satan
Hôtel de l'Avenir, la última noche:
Paris en los cristales del crepúsculo.
Qué suerte sonreír al acercarse
a los sesenta años, la Puerta de las Lilas.
Qué suerte no haber sido un hombre triste
ni tú una mujer triste. Las heridas
nos hacen duros, pero compasivos.
Qué suerte estas dos hijas. Este hijo.
Qué suerte poder ver tras los cristales
una ciudad, la nuestra, que no existe:
Ferré canta a Verlaine, la lluvia pone
rojos, negros reflejos en la noche.
Rojo por nacer en Barcelona,
Negro por los trenes nocturnos a París.
Cuadro Con Pájaros
El muro es, de este lado, oscuro y triste,
tal como sucedía en aquel cuento
que un día te expliqué. Si fuese cierto, hoy
todos los pájaros que tú pintaste
te esperarían en el otro lado
cantando para ti: la parte clara
de la que hablaba el cuento
te acogería como yo y tu madre
si pudieses volver de nuevo a casa.
Mientras cuento la historia para mí,
miro los últimos pájaros que pintaste.
Aquí, en el lado lóbrego del muro,
¿de qué forma podría pagar esta ilusión
de sentirte en la brisa de un instante?
Mientras Tú Duermes
A Joana
En la plaza humillada por la lluvia
miro la alta ventana iluminada
que no quiero perder: no he de rendirme
a la condena de la vida.
Este no es ni un lugar de la ciudad:
nadie en los bancos y, sobre la arena,
los charcos que reflejan
la luz del rótulo del hospital.
El cristal de las puertas automáticas,
que la luz del vestíbulo ilumina,
de vez en cuando se abre y deja paso
a una oscura figura rutinaria.
Unas muletas cruzan,
invisibles, la calle y se aproximan
a uno de los coches aparcados,
el nuestro, en el que iremos en silencio
bajo la lluvia hacia el dolor futuro.
Tu calidez ha sido tan efímera.
Triste felicidad la de esta calma
mientras recuerdo
cuando tú y yo teníamos mañanas
que nos guardaban las miradas.
Tenía tanto miedo
a tener que dejarte sola un día.
Por débil y pequeña que la luz
sea en la oscuridad, es mi consuelo:
no habrá más desamparo ya que el mío.
Pasajera
En el gran ventanal del aeropuerto
un alba de luz blanca entre la niebla
se alza ante la muchacha con un libro
que nunca alcanzará a poder leer.
Mi juventud está también ahí,
en esas páginas de papel biblia
del grueso tomo encuadernado en pie
de los rusos del siglo diecinueve.
Natashas y Nastenkas, silenciosas
amigas de las cuales aprendí
a buscar las pequeñas esperanzas
como si fuesen conchas en la orilla:
todavía imagino que esperáis
a que llegue en la nieve y la ventisca
una abrigada sombra del amor.
También la chica inmóvil en la silla
de ruedas sabe que no llegaré.
Levanta la mirada hacia nostálgico:
fuselajes de aviones que descansan
como gaviotas en un mar helado.
Acoged a mi hija, amigas mías,
pues yo no tengo rostro para ella:
mi rostro ya no es más que un ventanal
de aeropuerto con luz de noches blancas.