Jorge Rojas

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El Amor

Estar nuestro querer
gozándose en sí mismo
al pasmo de un instante
no soñado. Vivido.

Sin pedir ni dar nada
ver mi fondo en tu fondo.
Ser objeto e imagen
como el agua del pozo.

Beatitud de lo cierto:
aquiescencia de Dios.
Nescencia de la duda:
presencia de tu amor.

Jorge Rojas

Nocturno de Adán

Estoy desde hace siglos despierto sobre el mundo
mirándote, tendida a mi lado, extenuante
hoguera de perfumes, de sonrisas, de frutos,
y si busco tu sombra me vigilan los ángeles.

La forma de tu rostro es la misma que engendra
órbitas y estaciones sobre sus claros ejes
y da normas al sol, la luna y las estrellas,
y gobierna el transcurso de la rosa y la nieve.

Te cobija el arbusto de la sabiduría;
y convocas la luz y te besa la luna
los pies; y los luceros te forman una cinta
de claridad que ciñe, temblando, tu cintura.

Tus ojos escaparon al mandato divino
que puso en el azul señales de la noche,
y estás sobre la tierra entre Dios y el rocío,
turbando con miradas el sosiego del orbe.

Oh sellada mujer. Hecha del mismo grano
de mi profundo sueño y mi pobre sustancia
yo sé que la ternura se reclina en tus brazos
y el lirio, mientras duermes, con su sombra te guarda.

Muerdes jugosos frutos que compartes conmigo
y en su pulpa me das tu saliva y tu aliento;
y estamos entre el agua, y las ondas del río
arrastran tu temblor para abrazar mi cuerpo.

Y en este vivo espacio de cristales y lianas
también he visto tu desnudez rotunda,
y en el vaivén del juego, llenar de curvas blancas
el lugar de las olas hecho para la espuma.

Parece que del fondo de tu carne naciera
el sol, con su encendida muchedumbre de rayos,
y el espacio rutila donde tu piel empieza
a derrotar las sombras con un temblor dorado.

Tendida en la ribera, van quedando tus miembros
inmóviles y tibios a la orilla del agua,
y sube de ti un vaho y un calor de tus pechos
que dulcemente doran la piel de las manzanas.

A veces la mirada he posado en tus muslos,
y he visto lentamente sobre tu piel cernirse
la palidez, quedabas igual que un cuarzo húmedo
cuando el sol va secando su dura superficie.

Tus cabellos revueltos azotan mis costados;
y me hieren tus uñas de joven bestezuela,
entonces en mi espalda crecen flores de espasmo,
igual a cuando cae sobre el agua una piedra.

Me turban tus preguntas y prefiero estar solo;
yo que nombré las cosas que sobre el mundo caben,
me quedo sin palabras delante de tus ojos
y si te vas no acierto con qué nombre llamarte.

Tus hombros que descienden firmemente del cuello,
dejan caer tus brazos en redonda cascada,
hombros donde se posan tu mejilla y mi sueño
con un párpado de humo y una rosa tronchada.

Qué arco, que compás va a medir tu cadera,
que la forma construye rica de proporciones
y en donde el crecimiento de la curva semeja
el flanco tembloroso de una llama en la noche.

Tus muslos poderosos como horqueta de árbol,
fuertes como tenazas, atraen como el abismo;
y allí el desvelo muestra tu sxo enamorado,
sus profundos infiernos, sus altos paraísos.

Qué redondo tu vientre, cuyo límite ordena
todo cuanto fue caos en torno de su centro;
la noche lo circunda, y el horizonte queda
con el cielo encerrando su círculo perfecto.

Soledad de tu pubis en inmensa blancura
de la creación sin mancha. Miro su breve vida
de rosa no deshecha. Su potencia desnuda,
su acto por llegar de furor y delicia.

¿Qué espero que no caigo como un pesado fruto,
si siento derrumbarse mis hombros en tus hombros?
¿Si cada rosa escucha un llamado profundo
y hasta los astros caen de un cielo a otro más hondo?

Llámame con tu voz de paloma y colmena,
con tu voz de resuello, de grito, de palabras.
Llámame con tu silbo que en el aire me espera
y hace salir los peces encima de las aguas.

Oscura, ciegamente, voy llegando a tu boca,
donde la lengua emerge como un maligno estambre,
sítiame con tus dientes. Tómame gota a gota.
Caigan por fin los ángeles malditos de mi sangre.

II

"...echémosle de aquí no sea que
viva para siempre...".
Génesis, III, 22

Como un terrible vendaval en el bosque,
aún tiemblan mis raíces. He caído; un silencio
igual a la distancia que hay entre Dios y el hombre
agranda esta tremenda soledad en que muero.

La destrucción me rinde con su implacable sitio,
la he visto en las pupilas de palomas y peces
y en el tiempo y el agua. Mis brazos en el río
no pueden detener ni su dulce corriente.

Todo muere. Los besos han quedado en el suelo
igual que tibios nidos o recientes retoños.
¿Tanta palpitación, tanto hermoso deseo
cómo puede quedar convertido en escombros?

Todo el azul le he dado por tu sxo sombrío.
La rosa de indecisos aromas la he cambiado
por tu piel de agrio clima. Manzano de exterminio
donde la muerte clava su diente cotidiano.

Tuve la frente alta, levantada a la pura
proximidad de Dios. Mis ojos alcanzaban
a contar las estrellas. Hoy de sus luces últimas
sólo queda mi rostro salpicado de lágrimas.

En vano alzo los ojos. Inútilmente clamo.
La soledad opone su muro silencioso.
¡Soy libre!, me repito, y detrás de mis pasos
un ruido de cadenas agoniza en el polvo.

Bajo la inmensa noche en la lucha con el cuerpo,
el alma como un ángel invisible aletea,
vástago del azul quisiera alzar el vuelo
mas ¡oh contienda inútil! ¡Oh condición terrena!

Ya todas las criaturas saben que llevo expuesta
la sangre como un hilo que pudiera romperse,
y el hierro me persigue y la espina me acecha,
y en cada instante un poco de mi vida perece.

De la inmortal estirpe del cielo me separo,
por batallar mi pan y beber mi amargura.
Vengo a enterrar mis alas porque sólo mis brazos
anuden el amor y desaten la lucha.

Si ahora es necesario morir, si tuve en vano
contra mi cuerpo un día desnudo el paraíso,
¿qué importa? fueron mías las mieles del pecado,
antes que labio alguno lo hubiese conocido.

Mujer que te apareces ondulante y erguida,
igual que una serpiente cubierta de manzanas.
Enemiga del cielo. En tus claras rodillas
conviven dulcemente el pecado y el alma.

Tu desnudez en balde se rescató en la higuera
y desde entonces nada puede ocultar tus pechos;
más altas son tus formas debajo de la seda,
y en la noche más brilla tu piel bajo el deseo.

Brota en ti la mentira que embellece tus labios,
como el pezón en lo alto de la tensa blancura.
suma de imperfecciones y tesoro de halagos,
inagotable fuerza donde todo se muda.

Tu sxo que me enturbia el correr de la sangre
diluye su negrura más allá de la noche,
allá donde los sueños súbitamente saben
cuanto la luz del día ni siquiera conoce.

Pago en pequeñas muertes tu galope nocturno.
Eva. Dispensadora del amor y el desmayo,
mientras el paraíso que compartimos juntos
otra vez nos destierra de su estéril espacio.

Huyo de ti deshecho y mi cuerpo disfruta
su libertad sin rosas y su amor sin cadenas;
pero siempre el anillo duro de tu cintura
me encierra en su mandato y a tu ley me regresa.

Ofréceme el infierno nuevamente en tu mano.
Déjame tembloroso de pavor sobre el mundo.
Materia de la llama. Criatura de relámpagos.
Soy tu rehén de guerra y el pasto de tus triunfos.

A pesar de que eres dadora de la vida,
madre de los humanos, por ti todo perece
y acatas el designio del polvo y la ceniza.
El ser que de ti nace sólo hereda la muerte.

Condéname a buscar nuestra alianza en los huesos
si te esposó el oficio con sortija que daña
y te lanzó a la muerte como a profundo hueco
donde el ardiente labio para el beso se acaba.

Como fruta caída que se pudre en el suelo
es amargo este beso que me llevo a los labios.
Cuanto ansiamos es triste y cuanto poseemos
y más que lo perdido nos da pena lo hallado.

Aunque el amor no muera con espadas de olvido,
de cada abrazo un ángel de tedio nos expulsa.
Con todo, de ti vengo y a ti voy, azar mío,
oh mujer, dulce monstruo de placer y amargura.

Destino de mi tacto, claridad de mis ojos,
aspiro tus axilas y me bebo tus lágrimas,
y mi oído en la noche recoge tus sollozos
igual que un caracol en la orilla del alma.

La sal mide tus labios y la sed te convida
con su insaciable arena a darme el beso último,
el que más sabe a llanto, porque toda caricia
es triste como sombra de un antiguo infortunio.

Oh criatura de espanto, cómo te pertenezco;
siendo mi propia hija me señalan tu esposo
y eras también mi madre. Maldición de mis huesos
en donde estaban todos los linajes monstruosos.

También eres yo mismo, por eso cuando te amo
me miras como un pozo que copiara mi angustia,
y por borrar mi imagen te deshaces en llanto.
¡Oh soledad de amor! ¡Oh imposible ventura!

III

"Ella quebrantará tu cabeza..."
Génesis, III, 15

Con todo, de ti nace la doncella sin mancha:
blancura del cordero, misterio de la harina,
pasmo de la pureza, surtidor de la gracia
en quien el pacto tiene su esperanza cumplida.

Oh Eva, señalada por la muerte y el ángel,
venga el divino pie a posarse en la tierra,
su huella te sostenga y el amor te levante
mientras que a la serpiente quebranta la cabeza.

Jorge Rojas

En Su Clara Verdad

"...porque había derramado mi alma sobre la arena,
amando a un mortal como si no fuera mortal".
San Agustín, Confesiones. IV-VIII-13

Perdóneme el Amor haberlo amado
en el cuajado sol de los racimos;
en la pronta vendimia de los labios;
en el cristal en fuga de los días.

Perdóneme el Amor haberlo amado
sobre la rosa que meció su vida
pendiente de la luz
y en pétalos de sombra se deshizo.

Perdóneme el Amor haberlo amado
en el azoro de pupilas húmedas:
en fáciles paréntesis de abrazo;
sobre entregados hombros me llevaron
sin devoción el peso de mi sangre.
Perdóneme el Amor, siendo tan puro,
haberlo amado en la caída sombra
que limita la piel de las criaturas,
y haber vertido en sus oscuros ríos
mi sangre de campanas navegantes
y mi gozo que abría las mañanas
azules, en los ojos del rocío,
para fundar la luz sobre la hierba.

Y le ofrezco al Amor el tierno tallo
de sollozo en mi cuello florecido.
Y la semilla de mi sal doblando
la espiga horizontal de las pestañas.
Y mi verdad tan claramente mía,
oscurecida por buscarla blanda
hechura de materias derrumbables.
Y le ofrezco al amor haber tenido
un transparente corazón de agua
y haberlo dado pródigo en mis manos
a la sed de los otros, y dejado
sólo a mi sed la piedra de su cauce.
Y le ofrezco al Amor volver al ancho
lugar de soledad donde me espera
y dice su silencio, sin garganta
para expresar su voz que no limita
ni acento, ni palabra, ni sentido.

Y prometo borrar bajo mis ojos
el rostro de mujer que pintó el sueño
en los lienzos purísimos del alba;
y su cuerpo de ardidas geometrías
con su sombra de lirio entre mis brazos;
y la callada curva de su alma
que en el maduro instante del encuentro
pesaba blandamente contra el hombro.

Y prometo arrancar del leve tacto
la sensación de fruta que me daba
la tierna pelusilla de la carne,
cuando pasaba yo sobre su cuerpo
la cóncava frecuencia de mis manos;
y su oculta tibieza y sobresalto,
y el casi pensamiento de los senos
en la quietud redonda de sus mieles.

Y prometo también que los pequeños
cálices que florecen en su lengua,
y los racimos de viscosos jugos
que cogen los sabores y los hacen
una insistente flora submarina
donde recuerda el beso los corales,
no me darán su hiel de verde espada,
ni sus dulces violines derretidos,
ni las rendidas sales de su llanto,
ni el limón sorprendente a que sabía
la piel bajo los vellos que ocultaban
su minuciosa red de escalofríos.

Y prometo arrojar sobre una playa
-a orillas del silencio y del sollozo-
el caracol sin mar de mis oídos,
para olvidar su voz entrecortada
por sirenas de música y espumas
de risa en las riberas de su labio.

Y prometo que el aire que la envuelve
no dejará que yo bajo la noche,
pueda medir, basado en el aroma,
el alto sueño y el profundo abrazo
de su cuerpo entreabierto dulcemente,
ni que sus muslos como dos rosales
en perfumada laxitud me digan
el olor de sus sangre enamorada.

Y prometo también no ver la noche
para abolir la sombra de su sexo;
y destruir el fondo de mí mismo
donde crecen columnas en mis huesos
y el silencio se comba como un templo
sobre el arco tendido de la sangre.

Y qué rumor de lienzos desgarrados
rodará del recuerdo. Qué vitrales
de partido color mostrará el ojo
caídos bajo el polvo de las lágrimas.
Y cuánta dura arista habrá en la dulce
huida redondez de las imágenes.
Y cuánta soledad contra los muros
donde estuvo mi lámpara alumbrando.
Y cuánto corazón bajo las ruinas
de tantos corazones destrozados.

De tal destrozo quedaré yo solo
de pie, pero tendidos en el alma,
cuántos alzados ríos de voz clara,
cuánto dolor caído de mi gozo,
cuántas vidas marchitas en mi vida,
cuánta perdida fe y oscura grieta,
del odio en los cimientos quebrantados.

Tú solo, Amor, me prestarás tu nuevo
labio perennemente preparado;
tu estambre de cristal que clarifica
con azúcar de soles la mañana,
tu espacio de milagro donde flota,
perdido el peso y dolorosamente.
el corazón del hombre como un barco
de sollozo en un agua de saetas.
Te buscaré en el quieto movimiento
de mi ansiedad que espera tu llegada;
bajo el caído párpado del sueño
donde guardas tus luces esenciales;
en el follaje de la interna noche
pugnando por cubrir tu inmensidad.
Sabré de tu presencia, sin sentidos
que te tiendan espacios, ni volumen
para medir tu aliento imponderable.
En el cambio ordenado de las cosas
el llanto será mar o enredadera,
vendrás amor, y encontrarás más limpia
y oreada mi voz en los collados
de mi eterna esperanza que se abre
de par en par al «aire de tu vuelo»".

Tú solo, Amor, me plantarás la rosa
fuerte, que, con sus pétalos de instante
temblorosa de júbilo y de esfuerzo,
detenga y pasme en mágico equilibrio
la inminente llegada de la muerte.

Jorge Rojas

Fragante Soledad

"Huelen hasta tus ojos
celestes de cristal..." J.R.J.

Qué fragante soledad ha dejado tu cuerpo
en este anochecer.

Regusto el aire.
Olisqueo la almohada
donde se desató tu pelo
Busco tu olor de rosa estrujada,
me hundo en el recuerdo de tu axila,
de tu pubis, donde -eterno Narciso-
persigo la imagen de mis labios.

Ya es inútil buscarte en el lecho,
en el vano de las ventanas,
entre el marco de los espejos,
entre el dogal de mis brazos.

Qué fragante soledad.
Huelo mi propio olfato.

Deambulo por los senderos crujientes
detrás del taconeo de la lluvia
viendo gotas como estrellas
entre los gajos de las acacias.

A cada paso
siento tu nombre debajo de la lengua
como un granito de azúcar.
Tu nombre que huele a ti
hecho de letras como pétalos.

¡Aquí no, pienso, todavía no!
Salgo a la vastedad del campo,
encuentro lo más redondo del silencio,
me sitúa en su centro,

y entonces te llamo a gritos
para que tu nombre
se deshoje
y mi voz se rompa al unísono
contra cada uno de los puntos
que limitan el círculo de mi soledad.

Jorge Rojas

Vida

Vivir como una isla,
lleno por todas partes
de ti, que me rodeas
ya presente o distante

con un temblor de luz
primera, sin pulir,
sin arista de tarde,
ni sombra de jardín.

Y ángeles en espejos
guardando tu mirada
para hacerse verdades
y noches estrelladas.

Jorge Rojas

Preludio de Soledad

Vagaré bajo la sombra y las estrellas
que conocen mi frente y sus desvelos,
contaré como pétalos sus rayos
sin pedir al azar su vaticinio.

Quiero con mis pisadas
recorrer hacia atrás,
horas que se quedaron extasiadas
en el reloj que el sol eternizaba,
y repetir: ¡Dios mío! ¡Cuántos nombres!

Criaturas, norte, sur, sólo viento y ceniza,
ebrios itinerarios que extraviaron mis brújulas.

Hay algo indefinible entre el follaje,
un olor de mujer que no regresa.
Ya las palabras no tienen el deleite del labio,
se borran en el aire como saetas de humo,
caen en la hojarasca
ajenas a su rumbo y su herida.

En una escondida copa,
el alma ha guardado todas las caricias
y cuando la luna me alarga los brazos
por sobre los senderos
y no encuentro a nadie vivo
acerco sus bordes a mi sed.

Sin olvidar que un gran silencio
soporta otros silencios,
y así se levanta la torre
donde habitó la soledad.

Jorge Rojas

Crepúsculo

Intuyo tu presencia.
Silencio de tu voz.
Vives en el paisaje.
Pura prolongación.

Nos llaman. Despertamos.
Van tus cabellos sueltos
-estandartes de sol-
comandando los vientos.

Los caballos galopan
y la tarde agoniza.
¿Brisa? Ciclón al frente
de rosas amarillas.

Jorge Rojas

Narciso

Ojos de mar y senos como olas;
largos muslos de río, y cabellera
fluvial bajo la espalda, ella era
toda de agua y líquidas corolas.

buena para la sed; y verdes colas
de sirena cruzábanle la esfera
de la pupila; el sueño se volviera
delfín para gozar su amor a solas.

Sexo y canción, yo estuve de rodillas,
doblado, como un junco, aún me veo
sobre sus transparentes maravillas.

El agua se entreabrió y un aleteo
de cristales cruzó por sus orillas
y allí cayeron cántico y deseo.

Jorge Rojas