José Lezama Lima

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Esperar la ausencia

Estar en la noche 
esperando una visita, 
o no esperando nada 
y ver cómo el sillón lentamente 
va avanzando hasta alejarse de la lámpara. 
 
Sentirse más adherido a la madera 
mientras el movimiento del sillón 
va inquietando los huesos escondidos, 
como si quisiéramos que no fueran vistos 
por aquellos que van a llegar. 
 
Los cigarros van reemplazando 
los ojos de los que no van a llegar. 
 
Colocamos el pañuelo 
sobre el cenicero para que no se vea 
el fondo de su cristal, 
los dientes de sus bordes, 
los colores que imitan sus dedos 
sacudiendo la ausencia y la presencia 
en las entrañas que van a ser sopladas. 
 
La visita o la nada 
cubiertas por el pañuelo, 
como el llegar de la lluvia 
para oídos lejanos, 
saltan del cenicero, 
preparando la eternidad 
de sus pisadas o se organizan 
inclinándose sobre un montón de hojas 
que chisporrotean sobre el jarrón 
de la abuela, 
huyendo del cenicero. 

José Lezama Lima

El abrazo

Los dos cuerpos 
avanzan, después de romper el espejo 
intermedio, cada cuerpo reproduce 
el que está enfrente, comenzando 
a sudar como los espejos. 
Saben que hay un momento 
en que los pellizcará una sombra 
algo como el rocío, indetenible como el humo. 
La respiración desconocida 
de lo otro, del cielo que se inclina 
y parpadea, se rompe 
muy despacio esa cáscara de huevo. 
 
La mano puesta en el hombro de la mujer. 
Nace en ellos otro temblor, 
el invisible, el intocable, el que está ahí, 
grande como la casa, que es otro cuerpo 
que contiene y luego se precipita 
en un río invisible, intocable. 
Las piernas tiemblan, afanosas de llegar
a la tierra descifrada, 
están ahora en el cuerpo sellado. 
Comienza apoyándose enteramente,
un cuerpo oscuro que penetra
en la otra luz 
que se va volviendo oscura 
y que es ella ahora la que comienza 
a penetrar. 
Lo oscuro húmedo que desciende
en nuestro cuerpo. 
Tiemblan como la llama 
rodeada de un oscilante cuerpo oscuro. 
La penetración en lo oscuro, 
pero el punto de apoyo es ligeramente /
incandescente,
después luminoso 
como los ojos acabados de nacer, 
cuando comienzan su victoriosa aprobación. 
 
La mano no está ya en el otro hombro.
Se establece otro puente 
que respaldan los cuerpos penetrantes. 
Ya los dos cuerpos desaparecen, 
es la gran nebulosa oscura 
que apuntala su aspa de molino. 
Los dos cuerpos giran 
en la rueda de volantes chispas. 
Como después de una lenta y larga nadada, 
reaparecen los cabellos llenos de tritones. 
Miramos hacia atrás separando el oleaje 
Y aparece el desierto con alfombras y dátiles. 
 
Los dos cuerpos desparecen 
en un punto que abre su boca. 
Lo húmedo, lo blando, 
la esponja infinitamente extensiva, 
responden en la puerta,
abrillantada con ungüentos 
de potros matinales 
y luces de faisanes con los ojos apenas /
recordados.
 
El dolmen que regala los dones 
en la puerta aceitada, 
suena silenciosamente su madera vieja. 
Los dos cuerpos desaparecen 
y se unen en el borde de una nube. 
La manta, la lechuza marina, 
seca el sudor estrellado 
que los cuerpos exhalan en la crucifixión. 
El árbol y el falo 
no conocen la resurrección, 
nacen y decrecen con la media luna 
y el incendio del azufre solar. 
Los dos cuerpos ceñidos, 
el rabo del canguro 
y la serpiente marina, 
se enredan y crujen en el casquete boreal. 
 

José Lezama Lima

Ah, que tú escapes

Ah, que tú escapes en el instante 
en el que ya habías alcanzado tu definición mejor. 
Ah, mi amiga, que tú no quieras creer 
las preguntas de esa estrella recién cortada, 
que va mojando sus puntas en otra estrella /
enemiga.
 
Ah, si pudiera ser cierto que a la hora del baño, 
cuando en una misma agua discursiva 
se bañan el inmóvil paisaje y los animales más /
finos:
antílopes, serpientes de pasos breves, de pasos /
evaporados
parecen entre sueños, sin ansias levantar 
los más extensos cabellos y el agua más recordada. 
Ah, mi amiga, si en el puro mármol de los adioses 
hubieras dejado la estatua que nos podía /
acompañar,
pues el viento, el viento gracioso, 
se extiende como un gato para dejarse definir 
 

José Lezama Lima

Brillando Oscura

Brillando oscura la más secreta piel conforme
a las prolijas plumas descaradas en ruido
lento o en playa informe, mustio su oído
doblado al viento que le crea deforme.

Perfilada de acentos que le burlan movedizos
el inútil acierto en sobria gruta confundido grita,
jocosa llamarada -nácar, piel, cabellos- extralimita
el borde lloviznado en que nadan soñolientos rizos.

¿Te basta el aire que va picando el aire?
El aire por parado, ya por frío, destrenza tus miradas
por el aire en cintas muertas, pasan encaramadas
porfías soplando la punta de los dedos al desgaire.

El tumulto dorado -recelosa su voz- recorre por la nieve
el dulce morir despierto que emblanquece al sujeto cognoscente.
Su agria confesión redorada dobla o estalla el más breve
marfil; ondulante de párpados rociados al dulzor de la frente.

Ceñido arco, cejijunto olvido, recelosa fuente halago.
Luz sin diamante detiene al ciervo en la pupila,
que vuela como papel de nieve entre el peine y el lago.
Entre verdes estambres su dardo el oído destila.

Cazadora ceñida que despierta sin voz, más dormidos metales,
más doblados los ecos. Se arrastra leve escarcha olvidada
en la líquida noche en que acampan sus dormidos cristales,
luz sin diamante al cielo del destierro y la ofrenda deseada.

El piano vuelve a sonar para los fantasmas sentados
al borde del espacio dejado por una ola entre doble sonrisa.
La hoja electrizada o lo que muere como flamencos pinchados
sobre un pie de amatista en la siesta se desdobla o se irisa.

No hay más que párpados suaves o entre nubes su agonía desnuda

Desnudo el mármol su memoria confiesa o deslíe la flor de los timbres,
mármol heridor, flor de la garganta en su sed ya
despunta o se rinde en acabado estilo de volante dolor.

Oh si ya entre relámpagos y lebreles tu lengua se acrecienta
y tu espada nueva con nervios de sal se humedece o se arroba.
Es posible que la lluvia me añore o entre nieves el dolor no se sienta
si el alcohol centellea y el canario sobre el mármol se dora.
El aire en el oído se muere sin recordar
el afán de enrojecer las conchas que tienen las hilanderas.
Al atravesar el río, el jazmín o el diamante, tenemos que llorar
para que los gusanos nieven o mueran en dos largas esperas.

José Lezama Lima

El Esperado

Para José Rey

Al fin llegó el esperado,
se abrieron las puertas de la casa
y de nuevo se encendieron las luces.

Una sombra ligera había repasado
las paredes, que brillaban como ojos metálicos.

El esperado comprobó cada uno de los secretos
que guardaba la casa mágica
llena de los amigos que fueron llegando
con gorgueras nadantes, en campanillas
de congelados sonidos como albatros.

Hay un rincón
que se abre como un libro de cetrería
y se cierra como un antifonario
en la medianoche temblequeante.

Sus páginas son la escarcha
que penetra en un paquete sellado.

Sus silenciosos tumultos
son llamas en el agua,
que ven de cerca, día por día,
el reloj coralino
que ensaliva la eternidad.

Una eternidad sucia, confundida,
que da tropezones en la ley matinal
y se reconoce y se come a sus hijos,
como el caballo de la noche
que relincha sin tregua.

Es una bobalicona batalla
en donde todos nos quedamos
dormidos. Y nos van diciendo
quiénes son los vencidos
y los que siembran maíz,
polvos de arroz,
confundidos con la grasa de la mula
en la coronación.

La talanquera mugiendo con las vacas.

Los flautines bucoliastas,
dije de ostras lagañudas,
inician el asedio.

El incendio tamboril
desordena el asalto.

En el bostezo, nubes
y números de nubes,
de confín en confín.

José Lezama Lima

Una Oscura Pradera Me Convida

Una oscura pradera me convida,
sus manteles estables y ceñidos,
giran en mí, en mi balcón se aduermen.

Dominan su extensión, su indefinida
cúpula de alabastro se recrea.
Sobre las aguas del espejo,
breve la voz en mitad de cien caminos,
mi memoria prepara su sorpresa:
gamo en el cielo, rocío, llamarada.

Sin sentir que me llaman
penetro en la pradera despacioso,
ufano en nuevo laberinto derretido.

Allí se ven, ilustres restos,
cien cabezas, cornetas, mil funciones
abren su cielo, su girasol callando.
Extraña la sorpresa en este cielo,
donde sin querer vuelven pisadas
y suenan las voces en su centro henchido.

Una oscura pradera va pasando.
Entre los dos, viento o fino papel,
el viento, herido viento de esta muerte
mágica, una y despedida.
Un pájaro y otro ya no tiemblan.

José Lezama Lima

Caída La Hoja Miro...

Caída la hoja miro,
ya que tu olvido decrece
la calidad del suspiro
que firme en la voz se mece.

La sombra de tu retiro
no a la noche pertenece,
si insisto y la sombra admiro
tu ausencia no viene y crece.

La sustancia del vacío
sólo halla su concierto
elaborando el desvelo

que presagia el cuerpo yerto.
Diosa perdida en el cielo,
yo con el cuerpo porfío.

José Lezama Lima