Juan Gil-Albert

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Las Lágrimas

Las lágrimas son el vino de los ángeles.
San Bernardo

Un día el hombre vio llorar al ángel.
Algo había pasado en los espacios,
algo muy tierno o algo muy terrible,
y el hombre contemplaba conmovido
la alada criatura en su congoja.
Vio en su rostro encendido por la gracia
una expresión tan honda, vio en sus rasgos
abrirse tales muestras de tristezas
y pasar por su frente tales nubes
de inmensos infortunios, que prendado
quedóse allí mirando la nobleza
de aquel dolor. El ángel suspiraba
cual si en sí mismo un mundo más potente
diera un extraño impulso a su amplio pecho.
Llevábase las manos tan hermosas
a su faz dolorida, y el trastorno
daba a su cabellera un indolente
sabor de adversidad. Cuando en sus ojos
comenzaron con lívidos fulgores
a cuajarse unas aguas con destellos
de sobrenaturales inclemencias,
el hombre se sintió sobrecogido
y allá en su corazón algo ignorado
fluyó a su vez; caían sobre el ángel
unas lágrimas densas, arrastrando
no se sabe qué peso delicioso,
y cada vez que abría sus pupilas
hacia el vaso horizonte le manaba
aquel triste caudal. ¡Ay!, dijo el hombre,
¿qué goce extraño es ése o desvarío
que siento remontar en mis entrañas,
qué turbadora imagen comunica
a mi ser un dolor irresistible?
Y cuando con dulzura abandonado
lloró también gimiendo amargamente,
una sal en los labios le vertían
las luces de sus ojos.

Juan Gil-Albert

El Lujo

BALADA

«¿Dónde estás, dónde, en qué país extraño
has ido a hundir el rostro venerable
en el agua que aniña y que refresca
los insignes harapos? ¿A qué tierra

ignorada del hombre te volviste,
llorando los caudales misteriosos
de una gran deserción, de una congoja
de algo viejo y pesado que se hunde?

¿Por qué caminos fuiste abandonando
el gran oro del sol, cuando mirabas
temblar la tierra, llena del reflejo
de tus antiguos ojos de esmeralda?»

Pocos recuerdan ya tus esplendores,
algún anciano amable, alguna dama
que acaba de expirar te sonreía
en su dichoso espejo. Y eso es todo.

Tus huellas más recientes se han perdido
entre la ciudadana indiferencia
de este gran malestar, y algún objeto
sale a veces cual lívido fantasma

hasta el ceño y encono de unos ojos
endurecidos. Polvo y terciopelo
son hoy tristes hermanos que se aman.
Mas nosotros seguimos el camino.

Y sin embargo yo te recordaba,
porque de niño pude vislumbrarte
cuando, tus equipajes preparados,
brilló una extraña cola tras la puerta

del dorado salón. Yo nunca supe
si eras hombre o mujer, porque fue un goce
tan cálido aquel soplo amarillento
que tenía delante, que confieso

me perdió, cual trastorno, una molicie
fría y severa en torno a unos modales
cuyo recuerdo guardo como un santo
la verdad revelada. Ví un sombrero

tan hermoso, posado en la cabeza
de un ser extraordinario, con sus plumas
de bengala caídas con un dejo
de tal inolvidable negligencia,

que me rendí a la sombra de su influjo
ceremonioso. En una mesa antigua
vi unos guantes en tono de canela
escarchados de perlas diminutas.

Ajetreadas gentes se movían
sobre un musgo de púrpura, y abajo
de los anchos balcones esperaban
los landeaux, entre un humo delicioso

de caballos que piafan impacientes
con sus sombrías riendas perfumadas,
y el primitivo fuego en las antorchas
de los ujieres, pálidos de muerte.

La voz timbrada de una dulce amiga
me dijo adiós, y al ir con reverencia
a besarle la mano en que oprimía
un haz de violetas como el cetro

de una divinidad, vi tras los velos
espesos que cubrían su semblante
como un tigre que enfunda su fiereza
con felina elegancia. Nunca supe

si era hombre o mujer. Salieron todos
con un frou-frou radiante de festines
y bailes, algo lúgubres en cambio.
Oí que los cocheros repetían:

«¡Hacia San Petersburgo!» En poco tiempo
todo había pasado. Y estas luces,
que alumbran como estrellas en el cielo
el tétrico paisaje de la Historia

se irán helando en siglos y distancias,
en silencioso polvo diamantino,
cual una nebulosa diadema
inalcanzable al ansia del arqueólogo.

Juan Gil-Albert

Sobre Unos Lirios

(APUNTES)

I
Mancebos como príncipes,
os habéis alejado del jardín
y crecéis en mi alma,
en algún oculto declive.

Morados y blancos, malvas y amarillos
son los colores de vuestras vestiduras,
y espolvoreados de plata
desafiais al tiempo.

Cuando sopla la brisa
de mi corazón enamorado,
sonreís lentamente
como si recordarais.

II
Os llevaba conmigo,
como un manojo de príncipes
que rodean al maestro
en el ejercicio de la mañana.

Luego engalanabais
mi mísera vivienda,
pero vuestros verdes espadines
me recordaban nuestra distancia.

III
Os amo,
flores lejanas,
jóvenes reyes
del monte misterioso.

Comprendo que hayáis huido
del jardín y su gente;
nada atrae allí
a vuestra altiva sencillez.

Entre estas cuatro paredes,
¿os resultaré un triste inoportuno?
Y sin embargo vuestro dulce aroma
me llega como la respiración de un amigo.

IV
Desde muchos años,
nadie había sabido acompañarme
con esta gentileza
que me cautiva.

Cautivadores sois,
inexpresables,
y vuestra presencia ha sido en estos días
como el sueño de mi juventud.

Cuando la pálida púrpura
del capullo se aje,
¿qué imagen entristecedora
os llevaréis de mí?

V
Os puse junto al recuerdo
de una jovencilla desaparecida,
porque me gusta rodearme
de seres que no dañan al amor.

Quizás entre ella y vosotros
hay un diálogo inefable
que yo nunca entendería,
porque soy un hombre.

De "Las iusiones"

Juan Gil-Albert

Las Dispensadoras Del Sueño

A Elisabeth van der Schulemburg

¡Extraña floración donde las noches
depositan su lúgubre simiente!
La luz del día encuentra vuestros rostros,
doblados en patética ternura,
sobre la misteriosa urnilla verde
en que yace dormida la honda esencia.
Allí diseminadas por los campos,
celadoras de indescifrable culto,
aspiráis el aliento vaporoso
de ese ser que subyuga, y abrazadas
cual ebrias a una sombra irresistible
os rendís a su dulce maleficio
con la sedosa púrpura teñidas
del primer sueño. Lejos os ignoran
las rosas del jardín, bajo los tilos,
junto a claros estanques extasiadas,
cuando la errante yedra les transporta
más que el amor, el polen que desprende
el gran extenuado en vuestros brazos.
¡Qué ligereza tiende por los aires
su extraño peso! Vedlos acallados,
los pájaros en torvas mansedumbres,
débiles en las ramas, como pulsos
de la vencida selva; y aun los hombres
en sus dichosos entretenimientos
caen rendidos al suave toque oscuro
de sumisión. Olvídase el avaro
de su tesoro, y déjalo perdido
por aquel que es más fuerte que sus ansias;
siente el enfermo que una mano tibia
ahuyenta, cual la pluma, de sus sienes
la amarga realidad, y hasta el amante
deja a su lado, ciego, a la que adora,
porque alguien más potente le ha besado
los fatigados ojos. El sol mismo,
¿no descansa su párpado un momento,
entornado en las lindes de la tierra?
Sólo las aguas suenan por las noches,
rebeldes al fatídico reposo,
huidizas del sueño que las tienta
con ese frenesí de lo imposible.

De "Las iusiones"

Juan Gil-Albert

A La Poesía

Al fin, rendida entre mis suaves brazos,
me has concedido el don de tus deseos,
¡oh virgen maternal, extraño sueño
que conturba al poeta! Adolescente
yo te rondé, como un antiguo novio
ronda la misteriosa casa amada
y tras de aquellos cercos, algún día,
logré verte pasar, apenas sombra
entrevista en las luces de mis ojos.
Como tantos que aspiraban a hablarte
consumía mi juventud buscando
las palabras que guardan en su fondo
un fulgor inicial, y aventuraba
mis ramilletes cerca de esos prados
en cuya palpitante lozanía
enfriábanse duras como piedras
las pruebas de mi amor. Algún aplauso
premiaba mis desvelos, porque el hombre
conmuévese ante todo lo que rinde
la lucha ajena, mas otros designios
quieren que no haya esfuerzo en esos dones
con que la gracia sabe coronamos
ligera, como el ánimo que envía
viento fresco en el día caluroso,
o hace engendrar al hijo de la gloria
en un raro momento de cansancio.
Así tú, aprovechando del descuido
de mi ocio, te entraste hasta mis labios
sin que yo lo supiera, igual que ignora
el que duerme la luz de la mañana
mojándole los párpados, y dentro
de su plácido sueño está ya el día.
Délficas desde entonces van sonando
mis graciosas palabras cuando hierve
dentro de mí la extraña fuerza hermosa
que alimentó los juegos de los hombres
por la boca sagrada del tebano
que ensalzó el agua, como un raro olivo
de magnífica sed, la que más tarde,
en la divina siesta del que siempre
conducirá rebaños, compartía
con él el claro queso. ¡Oh fértil sombra,
que en mi leve saliva depositas
la miel en que renace como un soplo
la antigüedad! De todas las amantes,
sólo en ti el rastro del amor no queda
como una mancha, como un eco oscuro,
y así veo en la huella que ha dejado
la locura de aquel que en su pureza
dialogó con las viejas primaveras
de la divinidad, resplandeciente
la transida cabeza de ese casi
cisne de Suabia envuelto por las brumas
de su melancolía. ¿Cómo el rayo
que aniquila la vida puede a veces
entreabrir en nosotros ese verde
suspiro en que se escapan las canciones
halagadoras? Rudo es el mensaje
para el que canta, mas lo que destruye
su vigor encendido sólo deja,
como trazas de su misión, los suaves
versos que el hombre escucha embelesado,
como esa extraña claridad que flota
tras la ruin tormenta. ¡Oh poesía!
Un dulce maleficio te estremece
como alguien que estando entre los dioses
no alcanza su serena y reposante
naturaleza, o bebe la ambrosía
con torvo ceño y queda trastornada
en medio de aquel círculo de fuego
que corona las frentes silenciosas.
Una terrenal ansia comunicas
turbados a los graves comensales
de aquel festín, mientras que hacia la tierra
arrojas esos grumos del incienso
que exalta el alma y déjala sombría
de ambiciones; unos y otros luchan
atraídos por el misterio ajeno
y a través del poeta se contemplan
la faz de la ilusión, mientras expira
por mis labios el genio que te oculta.

De "Las iusiones"

Juan Gil-Albert

La Isla

Felicidad, no supe hasta este día
que como un abanico entre sus pliegues
guarda en sí ese paisaje deseado
del aire, tú en ti misma te encerraras,
sin que el hombre cansado consiguiera
ver llegar a sus sienes la frescura
de tu aliento. No solamente el oro
necesita que el ávido lo busque
para que en nuestra mano resplandezca;
todo goce es igual, todo está oculto
a la humana ansiedad, mas si el encuentro
surge al fin, ay, sabemos que no es nuestro,
tan sólo es una dicha de sí mismo.
¿Cómo no contemplarte si meciste
tantos años la imagen que pedía
nuestro amor a otro cuerpo? En unas horas
déjame que engañado me abandone
a mi torpe ternura, y en tu suave
pecho quemante duerma unos momentos
la languidez. Yo sé que los estíos
pasan sobre la tierra y se marchitan
los cálices primaverales, veo
cómo las nieves antes que florezca
el sol de abril descienden de las cumbres
donde brillaron, mientras las mañanas
no dejan para ti de abrir sus lentas
lenguas de fuego y prenden en las noches
de tu cálida piel, cual vivas joyas,
las luciérnagas; deja que me anegue
en tu monotonía, que es la sombra
del amor, cuando tiende como brazos
sus redes infinitas al amante,
rendido en virginal prisión eterna,
como un dios en su isla. La ventura
concédeme al igual que a esos pequeños
seres que duermen en tus anchas ramas,
tranquilos al saber que el nuevo día
repetirá al siguiente y al pasado
la febril somnolencia. Pueda al menos,
como este mar que olvida sus pasiones
sombrías en el fondo de sus aguas,
acercar unos labios murmurantes
en cuyo fiel latir apenas se oyen
las lejanas empresas. ¿Cómo luego
de haberte abandonado, como tantos,
para hundirme en la hostil indiferencia
dueña del mundo, logran mis desvelos
decir que busco aquello que mis ojos
vieron pasmados, como a un ser, un día?

De "Las iusiones"

Juan Gil-Albert

A Un Abanico Perdido

Para Lea Pentagna

En las manos del ocio, un breve tiempo
abriste tu ala blanca, pregonando
el lejano país donde se oculta
la oriental primavera. Yo podía,
con un antiguo gesto silencioso,
sentir la palpitante ligereza
del aire en mis mejillas, como vuela
entre el denso calor adormecido
la errante mariposa. Nunca tuve
poder más lisonjero que los días
en que en tu frágil cetro de bambúes
florecían las brisas al deseo
de su mecido dueño. ¿Quién osaba
rivalizar conmigo un privilegio
tan olvidado, y quién sonríe ahora
a esos dones trenzados por las gracias?
Breve fue, ¡oh tierno objeto!, la fragante
flor de tu amor, que arranca de las manos
el destino insaciable cuando intenta
hundirnos en distancias infinitas.
Como un sueño contemplan nuestros ojos
el vacío de algo que brillaba
como un cuerpo real, y sólo queda
de un tal placer la sombra de una duda,
con tan intensa fuerza evocadora
que visionarios somos de sus tercas
formas desvanecidas. Un aliento
de extraña ligadura nos conmueve
con todo lo que fue, y así tú ahora
transmites al que pulsa el varillaje
de tu inconsciente alma, unos secretos
velados por la lánguida pereza,
y que dan a esa faz que te sonríe,
como yo ayer, el soplo de la vida.

De "Las iusiones"

Juan Gil-Albert