Luis Rosales

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Ola En Calma Es Tu Cuerpo

Yo siempre culparé los ojos míos.
Fernando de Herrera

Albos senos en púberes jardines;
se abre una puerta, el aire se apresura,
y brillan de la noche en la ola oscura
tus muslos como saltan los delfines;

tus ojos dan al mundo sus confines,
juega el mar a la comba en tu cintura,
y la miel se convierte en atadura,
y en tu mano se encienden los jazmines,

y el sol nace en tu cuerpo, y se oye el canto
del amor como un puente entre dos ríos,
¡tan humano el milagro!, dulces bríos,

dulce sueño de ti que acaba en llanto,
porque Cuba eres tú me dueles tanto;
yo siempre culparé los ojos míos.

De: Poesía reunida 1935 - 1974

Luis Rosales

El Pecado

A Pedro Lorenzo

Cuando te desentierras en el sueño todo está siendo lo que es,
y al despertar todo se hace impreciso,
pues ya sabes
que el recuerdo es un tacto,
y el tacto tiene a veces una forma adivinatoria
que permite palpar la oscuridad
como las manos se adelantan cuando caminas en la sombra.
Esta mañana al despertarme
la penumbra del cuarto formaba una pantalla,
y
alumbrando lo oscuro igual que brilla una luciérnaga,
vi en ella un solo ojo,
un ojo solo muy castaño y muy tuyo,
que no sabía mirar,
que no podía mirar,
y se movía, por dentro, como se aclara el agua con la luz;
y el ojo estaba sobre el aire,
y yo lo estaba viendo sobre mí
creciendo y arropándome
hasta llenar la habitación y tener la estatura del miedo;
y recuerdo,
también,
que en aquel ojo recién naciendo que alumbraba la habitación
parecía llenarla de agua incólume,
se hizo primero una tensión interna,
y luego una fisura,
y después un vacío que ocupaba el lugar que había tenido
la pupila,
y aquel vacío llenaba el mundo y era el centro del ojo,
y en el centro del ojo, como se mueven unas cortinas,
fueron apareciendo unas figuras,
unas sombras que iban en busca de su cuerpo,
y
ponían
en mis ojos
como un sello,
el mundo de tu infancia,
el túnel de tu infancia triste y emborronada.

Lo que piensas, sucede,
y
por eso,
cuando estoy a tu lado prefiero recordarte como se cuelga
un cuadro a tientas,
un cuadro que se clava en las paredes del corazón
para que no cambie de sitio,
ni haya en tu cuerpo o en tus ojos
alguna variante;
y no va a haberla,
amiga mía,
porque en tu rostro sólo ha quedado impreso al contraluz,
algo que no se sabe bien si es una huella,
o una súplica,
o una perseverancia de procesión de pueblo en donde sólo
habitan niños;
y recuerdo que el pueblo se llamaba Pilatos,
y los niños marchaban en hileras,
y cada hilera desfilaba por uno de tus ojos,
y los niños llevaban la inocencia en la mano
y andaban con los pies entristeciéndose en la arena,
y tenían en los ojos ese chisporroteo con que las lamparillas
de aceite se consumen,
y el pueblo aquel,
¿no lo recuerdas?
tenía esa angustia de cal húmeda que hay en las casas donde
han encarcelado a un inocente,
y había junto a la era un pozo seco
y una luz en el cielo de mirada acabándose,
y a las mujeres no les servía el acento circunflejo para nada
o para casi nada,
y las calles se barrían únicamente con las olas,
y el pueblo por la noche se lavaba las manos en el mar .

¿No recuerdas que a veces encontramos una persona
cuya infancia podemos reconstruir
por una sola huella que queda en su mejilla
igual que un esqueleto puede reconstruirse por sólo un hueso
suyo?
pues bien,
del mismo modo,
cuando estoy junto a ti recuerdo o adivino
que alguna vez te he visto en el paseo,
hace ya muchos años,
y andabas en la plaza igual que si bajaras una escalera
porque mientras vivimos hay siempre una escalera en nuestra
sangre,
y es preciso bajarla,
y algunas veces los escalones se terminan,
y a pesar de ello hay que seguir bajando.
Y luego te recuerdo cuando eras niña aún
y empiezo a comprender que ya entonces querías perseverar
en algo,
en algo tan humilde como olvidar las letras de tu nombre,
los años de tu vida,
las campanas,
y olvidar,
sobre todo,
la incomunicación de aquellas casas sin paredes,
de aquellas casas hechas con papel de periódico,
de aquellas casas perentorias
que sucesivamente fuiste habitando en tu niñez.

Esto es lo que subsiste
en esa huella de perseveración arrinconada que tienes en los
ojos
y me hace que al mirarte
te siga viendo aún en aquel pueblo,
desnudita y cubierta con un vestido huérfano
que se acortaba más con cada paso tuyo.
Y siempre te veo así
cuando vas a la playa y hay tapias que te siguen,
y se van levantando en torno tuyo para impedirte ver el mar,
y cada uno de tus pasos tiene su propia tapia,
su propia cesantía,
y tú estás esparcida lo mismo que una concha recién pisada,
y no te puedes reunir con nadie porque nadie te ve,
pero no puedes encerrarte,
no puedes enterrarte todavía,
y pretendes salir,
y quisieras jugar pero no hay niños,
y quisieras andar pero no hay calles,
no hay árboles mirándote,
no hay más que tapias, tapias que cada vez se hacen más altas
y más impeditivas,
en los ojos que a veces tienes que recoger del suelo,
y en tus piernas de humo,
y en tus manos de juncos apretándose,
que van sobreponiéndose
hasta que ya no pueden reducirse más,
hasta que ya no puedes reducirte más
como si el aire fuera una desilusión que hubieran hecho a tu
medida.

Los hombres necesitan la inocencia para vivir a costa de ella
y yo te sigo viendo
con una nube en cada hombro y una taza de caldo cada día,
y estabas desclavándote,
y las palabras que no podías decir,
que no podías decir a nadie en aquel pueblo te iban atando
a una columna
y allí seguías atada al día siguiente,
una vez
y otra,
y otra
porque la infancia es una puerta que camina,
es una puerta abierta que camina y camina en la noche
hasta que llega ese momento en que hay que defenderse por
sí mismo,
hasta que llega ese momento en que es preciso echar a andar,
¡sea como sea!
tienes que recordarlo,
amiga mía,
tienes que recordar que, al fin, dentro de ti se astilló algo
y deseaste ser culpable para no seguir sola.

Esto era lo que el mundo esperaba de ti,
y apenas lo empezaste a desear,
apenas comenzaste a sentir ese cambio como si fuera una
liberación,
tus manos fueron destrabándose,
y tu cuerpo reunió sus migajas,
y tus piernas corrieron ligerísimas comenzando a sentir la
firmeza del suelo.
Entonces conseguiste llegar hasta la playa
y allí,
junto a lo libre,
para que todo acabara de una vez,
para no seguir siendo una niña distinta,
una niña lacrada,
te hincaste de rodillas en la linde de la marea,
y te bañaste poco a poco,
y te bañaste lustralmente,
para lavar entre las olas
ese pecado que es más viejo que el mundo,
ese pecado que nunca echa raíces,
ese pecado virgen que consiste en no ser culpable y nadie
quiere perdonar.

15 y 16 de agosto de 1976

Luis Rosales

Primavera Morena

Tu abril siempre y ya logrado,
¡oh maravilla sin huella!
Trigo y agua de doncella
y aurora de sol mojado,
naranjo en su flor celado,
cristal de mimbre sin dueño
pulsador, ¿cuándo mi empeño
de luna al fin modelada,
primavera resbalada
desde el donaire hasta el sueño?

Tan dulcemente morena
tendida en risa liviana,
abril de carne temprana,
esbelta gracia serena,
sólo penumbra y arena
tu lenta piel sin ayuda,
siesta deleitosa y muda
estática madrugada,
piadosa yerba segada
ya para siempre desnuda.

Circuncisión de mi celo,
madre en júbilo de río
tu desamparado brío
estremecido de anhelo.
Toda la presencia en vuelo
por el temblor obediente,
misericordiosamente
doy gracias a tu alegría;
¿de qué dolores María,
sierva de luz en mi frente?

Abril de 1935

Luis Rosales

Un Momento En El Cielo

El recuerdo camina en la vigilia y en el sueño,
camina noche y día
para hacerse transparente al andar,
y es un suelo de agua
o un espejo,
y ahora el espejo tiembla
y me encuentro ante ti como si me hubiera cortado los
párpados para verte mejor;
y el mirar es un no que nada puede detener,
pues no sé si te veo,
si puedo ver tu rostro como se lee un periódico,
ya que te quiero mucho,
¿sabes?
te quiero tanto que cuando sigo tu mirada puedo llegar hasta
tu niñez,
pero también hay veces, muchas veces, que al mirarte te
estoy profetizando.
Alguien viene cantando entre los árboles
alguien me viene a ver:
es la alegría,
que llegó de puntillas para no despertarnos
y ahora forma una linde con el cielo y la tierra.

Hay días en que las horas son lo mismo que las olas,
y todo lo que vives,
hasta lo más pequeño y lo más raudo,
deja su huella en nuestra sangre
como esa golondrina deja en los ojos que la ven la sombra
de su vuelo.
Así te llega el turno de vivir cuando menos lo esperas,
una imagen se ahínca y empiezas a sentir su clavazón,
y ahora te vuelvo a ver cuando acabas de llegar de un viaje
y estás con un pañuelo, campesino y doméstico, en la cabeza,
haciendo la limpieza de la casa,
tan concienzudamente
como si fuera necesario que tus manos lavaran los pecados
del mundo.

El aire en torno tuyo tiene calor de absolución,
y yo quiero ayudarte,
¡no te rías!
no estoy diciendo un disparate,
hay muchas cosas imposibles que nos ayudan a vivir,
y yo estoy ayudándote a andar porque tienes los pies un poco
distraídos,
y te encuentro distinta, como si hubieras adoptado a una niña
que te estuviera ya sustituyendo;
ya sé que esto es difícil de entender mas los ojos no engañan
y tengo que encontrarles alguna explicación,
¿no recuerdas que al volver de un viaje nos hacemos más
jóvenes?
y
yo
estoy
trascordado,
y no niego a saber si lo que estoy mirando es un recuerdo,
pues el tiempo se ha puesto de tu parte
y sólo sé que estás conmigo
con un balde apoyado en la escalera y una esponja en las
manos,
haciendo la limpieza de la casa
-ya sabes queja casa es el bautismo de cada día-
lavando las cortinas, los cristales y la luz de la tarde
para que todo lo que nos rodea participe de la resurrección,
y las paredes, para darte alegría, desentierran el humo
de las celebraciones con amigos que dan calor humano y dan
trabajo,
y escuchamos las sonatas de Bach para violín y clave,
porque la música es de agua,
y recuerdo muy bien
que tú lavabas las estanterías
dándole a cada libro su vigilia,
y en cada balda que limpiábamos
te saltaba el jabón desde el agua a las manos igual que saltan
los delfines,
y la limpieza daba a la casa un acento más íntimo,
era como tu voz,
y tú mirabas de cuando en cuando la labor concluida con los
ojos certificados para mayor seguridad,
y la esponja ya sabes que se apasiona mucho con el agua,
la toalla parecía desvivirse,
la escalera de mano había adquirido cierto fervor itinerante
pues nosotros, aquella tarde, dimos tantos paseos que
llegamos al Paraíso Terrenal,
y no hemos regresado todavía.

Esto pasó como lo estoy contando
y me enseñó a vivir con los ojos abiertos;
ahora sé que la casa es tu investidura,
tu niñez
y tu cordón umbilical,
pues nunca me he sentido tan sirviente y tan tuyo,
y sé que para siempre estás casada,
y no voy a olvidarlo
ya que la puesta en orden de la casa ha ido poniendo en
orden nuestra vida,
y fue un momento sólo,
y fue sólo un momento pero definitivo
igual que si estuviéramos haciendo la limpieza del cielo
juntos.

13 de agosto de 1976

Luis Rosales

Y Escribir Tu Silencio Sobre El Agua

"Sólo florece el agua que está queda. "
Unamuno

A Maria Esteban Valera.

No sé si es sombra en el cristal, si es sólo
calor que empaña un brillo. Nadie sabe
si es de vuelo este pájaro o de llanto,
nadie le oprime con su mano, nunca
le he sentido latir, y está cayendo
como sombra de lluvia dentro y dulce
del bosque de la sangre, hasta dejarla
casi acuñada y vegetal, tranquila.
No sé. Siempre es así. Tu voz me llega
como el aire de marzo en un espejo,
como el paso que mueve una cortina
detrás de la mirada. Mira, vivo
oscuro y casi andado. No sé cómo
podré llegar, buscándote, hasta el centro
de nuestro corazón, y allí decirte,
madre, que yo he de hacer en tanto viva
que no te quedes huérfana de hijo,
que no te quedes sola, allá en tu cielo,
que no te falte yo como me faltas.

Luis Rosales

El Trigo Limpio A La Sazón Cortado

El trigo limpio a la sazón cortado.
Dame tu mano, amor, corza en olvido.
Vida y dulzura en el silencio erguido
por ausencias de mar enajenado.

¿En qué playa de cielo abandonado,
toda cántico y mar restablecido,
con ternura de azándar has sentido,
violado el cielo y con razón violado?

Aroma de temblor mi terca frente
tu limpio abril en el espacio abierto.
Sólo un esfuerzo y su misterio cierto

me ordenará en el ruego, dulcemente,
remeros de la sombra en la corriente
ciñen su lago en el candor del puerto.

Abril de 1935

Luis Rosales

La Absolución

«Si tú me lo pidieras»,
si tú me lo pidieras cuando llegue esa hora
en que la vida empieza a hacer preguntas sin respuesta,
como se hace un raspado de matriz
o se pone en las venas una inyección de aire,
y después,
pero inmediatamente,
oyeses algo más terminante aún:
una respuesta sin pregunta;
y el viento caminara con muletas,
y el mar dejase a nuestras plantas
sus indefensas olas de puntos suspensivos,
y todo ese mañana que hemos vivido juntos
se hiciera sibilante y disimulador
como las ruedas de un tren chirrían cuando se pone en
movimiento,
y la rosa de un solo pétalo se convirtiera en una serpiente
coral,
que levantara su cabeza,
lela y bamboleante,
de tu cuerpo a mi cuerpo
como se cierra una interrogación.

Esto puede ocurrir,
esto puede ocurrir a cualquier hora,
no me digas, que no, quizás va a acontecer
mañana o esta noche
mientras las ramas y las hojas caen,
las hojas y las horas,
y se quedan suspensas en el aire romo se borra en la
memoria una advertencia inútil,
pues
de algún modo,
amiga mía,
ese asombro que siento junto a ti
ya no es vivir sino velar tu cuerpo.

Y sin embargo,
si tú me lo pidieras,
si tú me lo pidieras aunque ya fuese al despedirte,
si
yo
pudiese oírlo,
aunque fuera una sola vez,
tal vez sería posible que la carne agrietada se volviera a
juntar como se juntan en el labio unas palabras de
perdón,
y la vida ya no sería un gurruño,
y el cuerpo que aún me queda sonaría,
comenzaría a recuperarse como un río se evapora,
y se convierte en un temblor dialogado y concéntrico
sobre la piel tirante de tu vientre
cuando llega esa hora en que la absolución es algo más que
una palabra,
cuando llega esa hora
en que despierta al fin el jardín de los pájaros,
y siento que sus alas me golpean en el rostro
buscando la salida y hallando la alegría,
y el cuerpo se hace música,
música tiritante,
una vez
y otra vez,
con su empujón de lluvia y de violetas húmedas,
hasta sentirme tuyo,
hasta nacerme,
ya
que
si tú me lo pidieras,

no sé cómo,

pero si tú me lo pidieras,
en ese instante mismo nacería.

4 de agosto de 1976

Luis Rosales

El Espejo

El tiempo es un espejo con distintas imágenes
que brillan en su fondo como una procesión de fuegos fatuos
hasta que el humo las dispersa,
y entonces
siempre ocurre lo mismo:
aparece tu rostro,
y sé que para verte tengo que hacer un gran viaje desde mis
ojos a los tuyos,
y desvivir distancias, advertencias y defunciones,
pues sólo puedo verte traspasando un espejo
y se astilla el cristal cuando paso por él,
y cada esquirla es una herida,
y vivir es tan sólo un espejo sangrando,
un espejo que se vuelve a quebrar todos los días cuando
paso por él para mirarte,
porque no hay solución,
no hay claveles adrede,
y al romperse el espejo se multiplican las imágenes
y apareces en todas ellas como eres:
radiante y casual,
pero no puedo verte,
no te veo,
pues en el fondo de mis ojos queda un poco de humo.

Esto es lo que me pasa,
porque el humo me llama por mi nombre,
habla mi propia lengua,
para hacerme saber que todo lo profundo es doloroso,
y hay que ser consecuentes con el humo,
llevarle de la mano mientras quede en el aire una vedija,
pero esto no es tan fácil, pues al hacerlo muchas veces,
puedes quedar desencarnado,
como si te estuvieras viendo en un espejo que se deshiela;
y por esta razón vivimos juntos
mientras nacen las cosas si las tocas,
y van haciéndose reales,
contributivas,
tuyas, porque te quiero tanto,
de tal modo
que me sangran los ojos al mirarte como si todo lo que nos
une fuese una despedida.

Luis Rosales