Manuel Magallanes Moure
Ansiedad
ELLA:
Sus ojos suplicantes me pidieron
una tierna mirada, y por piedad
mis ojos se posaron en los suyos...
Pero él me dijo : ¡más!
Sus ojos suplicantes me pidieron
una dulce sonrisa, y por piedad
mis labios sonrieron a sus ojos...
Pero él me dijo : ¡más!
Sus manos suplicantes me pidieron
que les diera las mías, y en mi afán
de contentarlo, le entregué mis manos...
Pero él me dijo : ¡más!
Sus labios suplicantes me pidieron
que les diera mi boca, y por gustar
sus besos, le entregué mi boca trémula...
Pero él me dijo : ¡más!
Su ser, en una súplica suprema,
me pidió toda, ¡toda!, y por saciar
mi devorante sed fui toda suya
Pero él me dijo: ¡más!
ÉL:
La pedí una mirada, y al mirarme
brillaba en sus pupilas la piedad,
y sus ojos parece que decían:
¡No puedo darte más!
La pedí una sonrisa. Al sonreírme
sonreía en sus labios la piedad,
y sus ojos parece que decían:
¡No puedo darte más!
La pedí que sus manos me entregara
y al oprimir las mías con afán,
parece que en la sombra me decía:
¡No puedo darte más!
La pedí un beso, ¡un beso!, y al dejarme
sobre sus labios el amor gustar,
me decía su boca toda trémula:
¡No puedo darte más!
La pedí en una súplica suprema,
que me diera su ser..., y al estrechar
su cuerpo contra el mío, me decía:
¡No puedo darte más!
El Rompimiento
En un chispazo de orgullo,
o de dignidad (y creo
que quizás fue de amor propio)
la eché en cara mi desprecio.
Ello quiso disculparse,
quiso defenderse, pero
yo no lo escuché y entonces
su boca guardó silencio.
Calló su boca y hablaron
sus ojos. ¡Lo que dijeron
esos adorados ojos
en su mirar altanero!
Aún me parece mirarlos.
Me parece que aún siento
cómo rasgo mi alma el filo
de esa mirada de hielo.
Y nos separamos. Ella,
dominando en un esfuerzo
de valentía el desmayo
de su alma y de su cuerpo.
Yo con las pupilas húmedas
y con un nudo en el pecho,
sin saber adonde iría,
tambaleando como un ebrio.
Y poco a poco, a medida
que caminaba y más lejos
veía su casa muda,
más crecía mi tormento.
Era un dolor crüel, como
si me arrancaran los nervios.
Era como si mi alma
se hubiera quedado dentro
de aquella casa querida
y al alejarse mi cuerpo
tirara de ella y sus fibras
fuera una a una rompiendo!
* * *
Pasan y pasan los días
y no pasa mi tormento:
mi alma sigue allá prendida
y tira de ella mi cuerpo.
Y es una angustia constante,
y es un padecer eterno
y es un sufrir sin alivio
y es un dolor sin consuelo.
Continuamente en mis labios
está el sabor de sus besos;
continuamente me embriaga
el aroma de su cuerpo.
Para ella, al despertar,
es mi primer pensamiento:
y estoy en ella pensando
a toda hora y momento.
Cuando por la noche apago
la lámpara, en ella pienso
y en el fondo de la sombra
la ven mis ojos abiertos.
La ven mis ojos, erguido
el alto y hermoso cuerpo,
tan bella como la Virgen
María que está en los cielos.
Y hallo que mi almohada es dura
y helada, helada la siento
porque una vez mi cabeza
recliné sobre su seno.
Y cuando desfallecido
de sufrir los ojos cierro,
mi espíritu está con ella
y ella está en todos mis sueños.
* * *
Maldito orgullo y maldita
dignidad de aquel momento!
Creí que ya no la amaba
y estoy por su amor muriendo...
El Baño
A Pedro Gil
En un rincón discreto del parque legendario
sus muros que recubren viejas enredaderas
alza el baño, al través de las brumas ligeras
que suben de la tierra como de un incensario.
Dentro de la vacía piscina un solitario
sauce va dejando caer sus postrimeras
hojas. mientras los sapos desde sus madrigueras
gargarizan las notas de un vibrante rosario.
Dentro de la vacía piscina un solitario
sauce va dejando caer sus postrimeras
hojas, mientras los sapos desde sus madrigueras
gargarizan las notas de un vibrante rosario.
Flota en aquel recinto misterioso el ensueño
de las blancas mujeres que con reír sonoro
se hundieron en el agua de la piscina aquella.
Todo habla de caricias, y hasta un rayo risueño
del sol poniente, vuela como un beso de oro
que buscara una boca para posarse en ella.
Amor
Amor que vida pones en mi muerte
como una milagrosa primavera:
ido ya te creí, porque en la espera,
amor, desesperaba de tenerte.
era el sueño tan largo y tan inerte,
que si con vigor tanto no sintiera
tu renacer, dudara, y te creyera,
amor, sólo un engaño de la suerte.
Mas te conozco bien, y tan sabido
mi corazón, te tiene, que, dolido,
sonríe y quiere huirte y no halla modo.
Amor que tornas, entra. Te aguardaba.
Temía tu regreso, y lo deseaba.
Toma, no pidas, porque tuyo es todo.
La Niña Jadeante
Te llegas junlo a mí, toda agitada
como tras de un divino y largo esfuerzo.
Es un cansancio alegre el que te inquieta,
como el cansancio alegre del que alcanza
con porfiada labor un regocijo.
Tus labios me sonríen entreabiertos
y por ellos se escapa el fuerte soplo
de tu respiración, y cuando luego
tus labios se reunen, se dilatan
los nerviosos y finos agujeros
de tu nariz.
Con lu cansancio alegre.
con el ondear de tus redondos senos,
con el rodar de tus sedosas trenzas,
con el fuego de vida en que está envuelto
todo tu ser, pareces, niña ingenua,
una bacante de vestir moderno.
Seductora inconsciente, encantadora
que ignoras, castamente, los efectos
de tus vivos encantos, tus pupilas
miran con limpidez, sin ver que dentro
de las mías se iergue amenazante
una hambrienta manada de deseos.