Renée Ferrer
Requisitos
Morder
la seda rosa de tu piel
hasta el carozo del deseo
y quedarme con el zumo
entre los labios.
En las llamaradas del leño
seguir
la biografía de un poema
la trémula complicidad
de los acordes.
Y oír
en la posada del encuentro
las exigencias del alma
como un sol descorazado
y compañero.
Junio de 1994
Insomnio
Del vasto territorio del insomnio,
de su ilímite páramo de sombra,
traigo hilachas de ausencia entre los labios,
una huella que me hurta y que te nombra.
¿Qué distancias de fiebre y desvarío
por las estribaciones de la aurora
recorro suplicante, pierdo, ansío
destejiendo la trama de las horas?
Cuando estoy por tocarte es ya un vacío
la llama de tu voz. Como las hojas
de un vendaval atónito y tardío
tu fantasma mi sueño desaloja.
Me sorprende el lucero soberano
creando tu caricia con mis manos.
Mayo de 1994
Qué Te Sucede
Qué te sucede corazón:
no te oigo
dar portazos contra sus mejillas;
qué te acontece,
en alcanfor parece
que conservas sanísimo el latido;
qué aséptica desazón saquea
tus cotos candadeados.
Por qué finges que cantas cuando lloras
y te empeñas
en maquillar las cicatrices.
Qué te pasa, embustero:
aún no despunta
el buen llanto auroral que te acongoja.
Diciembre de 1993
Naufragio
«desprecio del naufragio de mis ojos»
F de Q.
No sé si es pesadilla o desvarío:
me naufraga tu imagen en los ojos.
En el oleaje frío,
mansamente, zozobran tus despojos,
y tu pupila esquiva
se pierde en mi pasión, a la deriva.
Noviembre de 1993
Cifra
Cómo el dolor me abre el deseo.
Tenderme a la vera de tu cuerpo
sospechando las ansias,
los temblores,
ornar con flores robadas
el puente de nuestro aliento
intercambiando besos,
trozos de tiempo.
El sol se nos metió en los dedos
haciendo borbotar
el caldo del encuentro.
Al instante le crece permanencia.
Tu latido dialoga con mi pena
que sin nosotros notarlo
se ha disuelto.
Todo sucumbe al punto, sin embargo,
y vuelvo a ser
una cifra cualquiera en un cuaderno.
Febrero de 2004
Hacia El País de La Alegría
Surca el itinerario de la espuma
mi terco corazón desbrujulado;
un esquivo temblor sus velas suma
al luminoso aroma congregado.
Mi acento entre que calla y que te nombra
va alertando al follaje sobre el vado.
Timon el confidente de la sombra,
la luna pensativa me acompaña:
su rojiza preñez mi pulso asombra.
Cambia una nube su perfil, empaña
la túnica radiante de la aurora
y tu caricia con mi sed se ensaña.
En el eco de la musitadora
respiración del monte que nos mira
celebro tu llamada portadora
de un cierto olor en celo que me inspira
a descorrer mis velos, jubilosa.
La garganta de un pájaro delira
despertando el deseo que me acosa;
un jaguar señorea en su guarida,
y late entre sus dientes una rosa.
Cumple la selva el rito de la vida,
acuchillan el agua los reflejos,
y oriunda de la brasa, estremecida,
comparece mi voz ante su espejo.
Recibe arrebatada mi panera
la miga de tus besos. Hay un dejo
de diosa primeriza, de altanera
urgencia de morir en tu debajo,
libertada y, al punto, prisionera.
Abdiqué del silencio y del atajo:
una fosforescencia victoriosa
empieza a germinarme desde abajo.
Fallece en la ribera la gloriosa
marejada fugaz entre burbujas:
yo te aguardo en su sábana arenosa.
El rumor de la fronda desdibuja
leves palabras de confesionario
que el mástil de tu ardor vence y estruja.
Hay un doble gemido solitario,
la llamarada que el temblor atiza,
el empuje genésico, lunario,
del instante que clama y se eterniza.
Diciembre de 1994