Ricardo Molina

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Elegía Xi

Cuando derrite el cielo el sol de julio
buscan los bueyes las espesas sombras;
los segadores de color cobrizo,
las frescas jarras y los pozos húmedos,
las cabras, los retoños del olivo,
y yo -lento y errante por el día-
la terrestre dulzura de tu cuerpo.

Pues la verbena en flor, la verde prímula
y las vidas silvestres cuyos pámpanos
sombrean la roja frente de los sátiros,
y el soto umbrío que un arroyo baña
y que al pasar el viento vibra todo
como lira de hojas plateadas,
y las colgantes dríadas que enroscan
sus guirnaldas de azules campanillas
en el tronco del álamo sonante,
y la zarza espinosa donde tiembla
-sombra y rocío- un dios enamorado,
no tienen para mi alma la dulzura
de la dorada gracia de tu cuerpo.

Como la rosa móvil y redonda
del girasol sigue el curso del astro,
como el agua en la fuente campesina
se arquea y luego cae en claro chorro,
como el fruto maduro comba grávido
la rama que sustenta su opulencia,
como el águila gira por el cielo
y se cierne, voraz, sobre el rebaño,
así mi alma gravita, gira y cae
fruto, flor, agua y águila, en tu cuerpo.

Ricardo Molina

Palabras

Homenaje a Walt Whitman

El día, este día,
es nuestro.

Mira los animales, las aves y las plantas
vivir el suyo satisfechos.
Míralos, no calculan, no sufren, no se inquietan
por el mañana. Viven sin cuidado.
No malgastan su tiempo pensando en el futuro.
Están conformes. ..Míralos.

Los ríos no calculan.
Corren impetuosos
cantando su canción entre juncos y adelfas
mientras en la alta cumbre el sol derrite
la nieve inmaculada.
No malgastan abril, no ensombrecen su tiempo,
pasan, cantan, suspiran, se visten de verdor.

Se abandonan al tiempo.
Basta el día al afán de las criaturas.
Así lo sienten aves, animales y plantas
y todas las criaturas viven su plenitud
sin dudas, sin reservas, sin cálculos; se entregan,
se aman, son dichosos.

Ricardo Molina

Hora de Amor

Hora de amor. Qué dios envenena mi alma
con labios que sonríen y ojos verdes
mientras la tarde en su jardín me encierra
y me incendia y abrasa con sus pájaros.

Pasos míos, ¿adónde me lleváis?
¿Por qué verdes veredas?
¿A qué rincones plácidos o lugares de duelo?

Hora de fuego lánguido
cuando el día es un cisne que canta en su agonía
con bella luz que nunca se repite,
hora de amor sombríamente dulce,
arráncame de mí, quiero huir de mí mismo,
ser aire, tierra, planta,
sin alma, sin conciencia,
beso, caricia, soplo,
rama en el viento, verde hoja al aire.

No hay tierra en mí. Soy fuego
desesperado, inútil como astro en la noche
pero bello en mi luz solitaria que sufre.
Soy fantasía del agua que nadie ve en la noche,
sueño que al despertar no se recuerda
mas que pone en los labios y el rostro su hermosura,
amor, amor oculto que florece
en el cáliz de junio.

La llama que así misma se devora,
la lluvia sobre el agua,
las gotas de perfume que ruedan por su pétalo,
el rayo que en el seno de la nube se esconde,
oh, amor, son formas tuyas
que en mí suspiran, presas, por su amante.

Ricardo Molina

Cántico Del Cuerpo Sin Alma

Oh cuerpo mío,
oh tempestad de ansia,
oh cuerpo abierto como el mar a todos los influjos del mundo,
lánguido, triste, azotado por los otoños,
solitario bajo la luna de junio,
bajo la luna dormido...

¡Duerme! Oh cuerpo mío, duerme,
oh cuerpo oscuro, semejante al negro cauce de un arroyo en estío,
cuando el aire es un inmenso jazmín diluido
sobre los valles y los prados de la noche.

Oh cuerpo mío,
amorosamente abandonado a la arena de las playas,
allá en la sierra, donde el río con sus olas verdes de pino,
sin cántico ni espuma, ríe y pasa,
duérmete allí; ¿no sientes escurrirse a tu lado con las aguas,
el alma?

¿No sientes -al fin libre-
la gracia poderosa de la encina
y el amor siempre verde de los pinos
infundirse a ti? Di, ¿no sientes
salir de ti el alma tenebrosa que oculta como un velo
ardiente y opaco
cuanto amas, oh cuerpo, cuerpo mío?

Ricardo Molina

Oeta Árabe

Los hombres que cantaban
el jazmín y la luna
me legaran su pena,
su amor, su ardor, su fuego.

La pasión que consume
los labios como un astro,
la esclavitud a la
hermosura más frágil.

Y esa melancolía
de codiciar eterno
el goce cuya esencia
es durar un instante.

Ricardo Molina

Desnudo

Estoy desnudo, el sol con fuego dice
cuanto diría el hombre enamorado.
Basta el silencio a confesarlo todo,
si tendido en la orilla de algún río
el hombre calla y en su pecho, mudo,
un sol como el del cielo resplandece.

Ya lo sabemos todo. Que son rojos
los labios que se besan en la orilla,
que la vida es un breve y dulce abrazo
y que con la mañana una alegría
sin nombre nos invade silenciosa.

Ya no necesitamos las palabras.
Ya basta el sol que besa, basta el río
que nos lleva en sus ondas lentamente,
el viento que los ojos acaricia,
la verde sombra que en la boca tiembla.

Ricardo Molina

Elegía Vi

Te amé a los quince años. Tú tenias mi edad.
Te amé en la sierra verde bajo un sol de domingo,
cuando al volver de misa paseaba tu familia
por la larga avenida de viejos eucaliptos.

Te amé bajo los pinos de agujas amarillas,
sobre la tierra ocre perfumada de menta.
Te amé sobre las rocas tapizadas de musgo,
sobre los prados verdes y las crujientes eras.

Te amé. Te amé. Es cuanto puedo decir ahora,
mas no recuerdo cuándo empezamos a amarnos.
Todo empezó lo mismo que un claro día de junio
sobre la tierra en flor teníamos quince años.

¿Sería, sin embargo, otoño, primavera
o invierno? Ay, quién sabe cuál era la estación.
¿Te acuerdas tú? La Vida era un rosal al viento...
Ven y dime en qué tiempo empezó nuestro amor.

¿Qué importa que los años nos hayan separado,
qué importa si el recuerdo es lo mismo que un valle
por el cual caminamos cantando, sonriendo
y cogiendo sus flores de perfume inefable?

Oh amada cuyo nombre lejano y melancólico
mi corazón agita como el viento a los bosques,
ven y dime aquel tiempo de pinos murmurantes,
de arroyos, de montañas, de nubes y de amores.

Ven y dime que tú también me amaste entonces
en la sierra, en los pinos y en los negros ocasos.
Oh, dime que me amaste cuando sobre la tierra
ardiente y amarilla teníamos quince años.

Ricardo Molina

Respuesta

Sentarme al lado tuyo
es como al junco verde el frescor del arroyo
como la rama al ave en el azul flotante.

Y mirarte es igual que morir y vivir al mismo tiempo
llevado en una ola dulce-amarga
que a la vez llora y canta.

¿Te miraré, amor mío.
volveré a mirarte como tú quieres?
Te miraré otra vez,
no lleno de un amor semejante a la jara,
ni como las aguas que pasan
mas con mirada de hombre enamorado.

Te miraré otra vez con mirada de hombre
y sentado a tu lado volveré a estar triste
porque no se abren en nosotros dichosamente las rosas que duermen soñando
con besos,
porque se ahoga nuestra primavera,
porque somos como tierra estéril donde no hay jara y junco entrelazados,
porque la mirada no calma, sino enciende,
porque el don del cuerpo cuando el alma se ha dado
es el encuentro de dos ríos de ternura,
porque Amor es un dios que no aplacan ofrendas de amistad,
porque el cielo está azul y en las montañas cantan los
pájaros y el viento,
porque estamos tan lejos cuando nuestras vidas debieran fundirse
como dos antorchas de cedro que se consumen en una sola llama,
en la llama del cuerpo y del alma,
del hombre de tierra y de cielo,
de este ser nuestro virginal y terrestre
celestial y culpable y sin embargo bello.

Por eso
te miraré otra vez mas no como tú quieres
porque yo no soy un ser como esos que pasan
y se desvanecen en las páginas de un sueño
sino un hombre que se alza desnudo de la tierra
dorado por el sol, enrojecido y violento,
un hombre que se yergue frente al mundo, de pie,
y te elige entre todos y te llama su amor.

Por eso
te miraré mas no como un espíritu
sino con mirada de hombre que aún tiene en sus manos
el barro de la tierra
te miraré, mas no como al arroyo
sino como se mira a quien se ama.
(Los arroyos no fueron amados todavía por nadie.
Narciso no adoró nunca sus aguas.
Era su propia imagen la que en ellas veía,
y era a ella, a su propia figura, a la que amaba.)

Por eso
yo no te miraré como a la jara
pues la jara, ¿para qué serviría en este bello mundo
sino para aromar el fresco lecho de los amores?

Así yo te amo con amor de hombre.
No se puede esquivar este cuerpo de tierra
tan bello,
los ojos y los labios,
el cuello, las mejillas y los brazos y el pecho
y los pies y las piernas, la cintura y los hombros
y el alma que es en ellos
una segunda piel más sutil y brillante,
el alma que es como un perfume límpido
que delicadamente nos baña todo el cuerpo.

Ricardo Molina

Mientras Tierna Mejilla...

Mientras tierna mejilla y ojos verdes
y rojos labios y morena frente
y primavera en pecho delicado
y tallo en flor, lánguido, en cintura,
y dios sin velo en astro al mediodía,
y rosa, rama, abeja y vino canten,
tú, narciso de olvido,
tú, música cantándose a sí misma,
Medina Azahara, besa que te besa,
tú y yo, viviendo, amando,
dulce leyenda, vivos
y muertos y olvidados,
y presentes y eternos, en canción, en amor.

Ricardo Molina

Elegía Ii

¿A qué he venido entre los verdes árboles
del bosque traspasado de armonía?
¿Por qué canta la vida con sus labios ardientes
de roja miel una canción lasciva?

¿Qué insinúan las aguas
al desgarrar sus muslos de espumas en las rocas?
¿Por qué al pasar las frescas alamedas
me invita una voz leve y tenue en su sombra?

¿Qué amor bello y desnudo lo mismo que el verano
me llama por mi nombre e invisible suspira?
¿Qué amor, qué loco amor va siguiendo mis pasos,
inflamando la tierra erizada de espigas?

¿A qué he venido en este mediodía
al bosque solitario?
¿Por qué me pierdo entre los verdes árboles
alargando a su sombra turbadora mis brazos?

Ricardo Molina

Siesta

Sangre de un dios resplandece en los labios que cantan.
Un grito morado de violetas endurece las piernas
de los que pisan alas cautivas en la tierra abrasada.
Piedra y cielo confunden su deslumbrante latido
en el doble furor de esta hora pánica. El alma,
luminoso polen del cuerpo floral, estalla.

La hermosura espera que alguien rendido la adore.
Sus ríos numerosos la música en la sangre retarda.
De sol en sol, de cielo en cielo, se despeña soberbia
la nebulosa potencia del animal en celo.
Eternidad fulgurante destella en el instante desnudo.
Montañas estivales agitan su melena de ménades.
La tierra entreabre sus labios en los valles ocultos.
Los muslos del agua se desgarran en rocas amantes
y su lascivia esparce escándalo de reflejos y espumas.
Aguda fragancia de virgen planea aérea
sobre el oro ondulante de los gramíneos prados.

Oh seducción dispersa por la soledad encendida.
El vagabundo fauno suspirador del viento
con su viril resuello aviva el fuego azul
que desparrama el cielo, seminal, sobre el mundo.
Dichosa angustia hace crujir huracanados, tensos,
rígidos seres recorridos por fuerza sagrada.
Los irritados dioses de la carne gloriosos se yerguen
y todo lo subyugan a su solar potencia meridiana.

Ricardo Molina

Mas No Supieron Nunca

Mas no supieron nunca
que nos amamos,
y la fuente que llora
solitaria en la sombra
nunca vio reflejarse nuestra dicha
en la dulzura inmóvil de sus ondas.

La galería sueña con sus viejos retratos
en marcos de oro, y con sus paisajes
de monterías invernales,
donde hay un dulce ciervo que brama porque un perro
hinca furiosamente los colmillos
en sus ijares espumosos,
pero la galería que duerme desde el tiempo
de aquellas cacerías en la Sierra
nunca supo que nos amamos.

El comedor se alumbra con los pámpanos
de la parra que escala los balcones.
Se perfuma en un hálito de fruteros repletos
de fresas, de manzanas y de peras,
y el viejo aparador de caoba se yergue
en la severidad de hace cien años,
mas nunca supo, envuelto en el vaho otoñal,
que nos amamos.

Subíamos riendo la escalera
hasta llegar al palomar todo blanco.
El patio parecíanos entonces algo triste.
Los rayos en las vagas madreselvas
diríanse un enjambre de irritadas abejas.
El olor del invierno persistía
en los abandonados corredores.

La sombra de las hojas se movía en los muebles
enfundados del gran comedor solitario.
Bajo aquel cielo azul de primavera,
en aquel palomar completamente blanco,
solos, entre aleteos y arrullos de palomas,
desnudos y tendidos sobre el sol nos amamos.

Ricardo Molina

Elegía Xii

Dicen que el mes de mayo es el mes del amor,
pero yo me pregunto si hay alguna estación
que no lo sea, pues octubre te trajo al lado mío
y noviembre con sus grandes nubes y sus tormentas
fue el mes en que mi corazón dio sus rosas primeras.

Y en enero paseando por los campos, miramos
la luna entre los árboles como un fruto de plata
y luego te besé por el carril sombrío
que baja de la Huerta de los Arcos.

Y en marzo, cuando son tibias las lluvias,
unos celos furiosos, me asaltaron
porque me hablaste apasionadamente
de Juan Ramón -como si ya lo amaras-
y yo, intentando en vano ahogar mi tristeza
me fui, vencido y hosco, por las húmedas sendas.

Y en abril, cuando Córdoba huele a Semana Santa,
los altares cubiertos de flores redoblaron
nuestro amor y en la sombra violeta de los templos
juramos sernos fieles para toda la vida,
igual que aquellas aves que vimos una tarde
volar solas las dos por el aire suave.

Y en junio nuestro amor buscaba en los arroyos
las espesas moreras cuya sombra
nos trasportaba al tiempo de las dulces bucólicas.
Venías a tenderte a mi lado en la arena
y nunca como entonces fueron bellos tus ojos
ni dorado tu pecho, ni encendidos tus labios.

Y en agosto te fuiste con tu familia a Málaga
de veraneo, y yo quedé en Córdoba solo,
y tu recuerdo, diariamente, al caer la tarde,
se alzaba por el Sur lo mismo que la luna,
y las aguas heladas de la alberca nocturna
y la cerveza amarga y fría, y los refrescos,
y los vinos que me ofrecían los amigos
no consiguieron desvanecer tu imagen
ni apagar en mi alma el deseo -de tu cuerpo.

Y, sin embargo, hay quien dice que la primavera
es el tiempo de los enamorados,
pero yo me pregunto si hay alguna estación que no lo sea.

Ricardo Molina

Nocturno Romántico

Las torres quedarán y yo me iré.
Me iré, me iré con la sombra y la luna.
No me preguntes, amor mío, por qué.
Yo no he de dar contestación ninguna.

Mi fuego se helaría en el rocío,
mi voz en el silencio interminable.
Por eso, no preguntes, amor mío.
Jamás esperes que suspire o hable.

Se quedarán las calles con sus nombres,
de la Rosa, del Sol, de los Arqueros.
Se quedarán las cosas y los hombres
y el otoño de parques plañideros.

Y yo me iré cuando la Aurora ciña
con cinturón rosado a las doncellas,
cuando la alondra despierte la viña
y los gallos ahuyenten las estrellas.

Me iré, me iré cuando el mundo, amor mío,
sea como un navío empavesado,
cuando el pájaro vierta en dulce pío
verdor de primavera sobre el prado.

Y tú preguntarás a los espejos
y ellos no acertarán a responderte,
y yo estaré muy lejos ya, tan lejos,
que habré cruzado el muro de la muerte.

Y de la Vida la impasible fiesta
ay, seguirá girando alrededor
de tu vana pregunta sin respuesta,
oh dulce y vano amor.

Ricardo Molina

Vino Antiguo

Loca sabiduría del corazón, ensueño
único de onda inmensa, voz profunda
de la armoniosa tierra mía, claro
vino andaluz.

Los más hermosos labios tus jardines
cambiantes de oro y música, tu ardiente
ruiseñor diluido en mudos cielos
orientales,

bebieron, y los ojos su mirada
misteriosamente abandonaron
a tu ola feliz de paz, de olvido
inalterable,
y los amantes su deseo oculto
latir sintieron en tus bellos labios
y sorbo a sorbo en ellos apuraron
su paraíso.

Ricardo Molina

Elegía Iii

Árboles de la sierra que nos visteis pasar,
vosotros que aspiráis por todo vuestro cuerpo
el azul perfumado, la púrpura del día.
Vosotros, sin palabras, cuyo tierno murmullo
no alarmaría ni a una paloma adormecida,
decidme, verdes árboles, por qué mi alma suspira.

Colinas y laderas salpicadas de lirios,
vosotros que nos visteis pasar por Piedrahita
soñando bajo el sol y a la vuelta perdidos,
pálidos y perdidos en la luna de mayo,
decidme, esta dulzura tan triste que resbala
por mi alma desnuda, ¿es el amor acaso?

¿Es acaso el amor esta melancolía
y esta inquietud más bella que todos los deseos?
¿Es el amor acaso este ardor y este frío
que al besarme la luna besa todo mi cuerpo?

Largo fue el día de mayo y fragante la noche.
Como sombras pasamos entre los juncos húmedos.
El viento se enredaba en los avellanares.
El arroyo expiraba en un verde gemido
y el viento se extendía sobre nosotros mudo.

Ricardo Molina

Astro

Muerta la flor, la flor que ama el amante,
muerto el amante, amado de la luna,
la luna queda -soledad colmada-,
flor, amante, recuerdo...

Ricardo Molina

Psalmo Xxviii

Los desencantos

¿Por qué nos diste el don de admirar la belleza
y corazón ardiente para amarla?

¿Por qué en la negra noche del deseo sembraste
constelación de ávidos sentidos?

¿Por qué nos diste ojos para ver este mundo,
y oído para escuchar su voz dulcísima?

¿Por qué nos diste brazos para asir la hermosura,
ese humo engañoso que el sol dora?

¿Por qué nos diste el cielo confuso del recuerdo
donde arden imágenes, tal nubes,
cubriendo nuestras almas de sombras y crepúsculos?

Ah, ¿por qué consentiste el loco amor siempre muriendo
y renaciendo siempre de sus propias cenizas
como fénix que enciende en su ocaso su aurora?

¿Por qué siempre gozar o sufrir día y noche,
llama y ceniza inútil la vida de los hombres?

¿Por qué herir, perseguir, vencer y ser vencido
bajo el signo fatal de la ambición?

¿Qué fruto puede dar el hombre que se quema
en el fuego fugaz que, ciego, adora?

Ricardo Molina