Vicente Molina Foix

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Tren Fantasma

Al final de la barra apareciste
como un tren fantasma
que mueve campanillas.

Tu cara aún tenía
el susto del viajero
que, en vagón de madera,
siente los escobazos, el hilo de
la muerte, la calabaza hueca.

Querías compañía para entrar en el túnel.

No te la di, no puedo.
He de ocupar mi sitio
detrás de las cortinas,
para seguir aullando
y mordiendo a los niños.

Vicente Molina Foix

Henry James

De mis postreras deducciones llego a pensar que este escritor mantuvo -durante mucho tiempo- una compensación onírica.

Parece ser que todo sucedía de la siguiente forma: a los pocos minutos de entrado en la Caverna, y con operaciones envidiables, muy extrañas, de pulgares cruzados,
chasquidos de la lengua, silbos desacordados, el fulgor permanente de una lámpara azul,
se presentaban en la estancia unos cuantos sujetos -protagonistas de los hechos-, bien adiestrados para aquello por embozados de tradición.

En los últimos años, por lo menos, las imágenes fueron siempre las mismas (y también
el lugar de la escena): un pájaro ideado, con el plumaje al viento, reconstruido en cera,
plástico y cartón, hermosísimo objeto de cuyo resplandor la habitación súbitamente se encendía; un hombre deformado, con la cara rayada y ostensible carencia de curvas,
cualquier ángulo, cabello, ojo izquierdo y palabras ( sin vestido adecuado, torpemente aliñado, y sin dientes, sentado en una tabla, difícilmente habituado al fluido carnal
de aquella casa); y -por si elegir fuera ya fácil- una tercera instancia, la de la reflexión
ajena a la belleza, que suscitaba una forma débil y cenicienta, unas tablas de ley, plumas pintadas, restos de muebles que sostuvieron una preciosa culpa, los polvitos de magia
que ya no cambian nada.

Vicente Molina Foix