Mensajes a la Mujer
La mujer es como los autos, a la vejez es cuando más se pintan.
Enrique Jardiel PoncelaNo hay en el mundo nada peor que una mujer, excepto otra mujer.
EurípidesLa mujer es lo más corruptor y lo más corruptible que hay en el mundo.
ConfucioLa mujer es un vulgar animal del que el hombre se ha formado un ideal demasiado bello.
Gustave FlaubertDicen que el hombre no es hombre mientras no oye su nombre de labios de una mujer.
Antonio MachadoAmor
Mujer, yo hubiera sido tu hijo, por beberte
la leche de los senos como de un manantial,
por mirarte y sentirte a mi lado, y tenerte
en la risa de oro y la voz de cristal.
Por sentirte en mis venas como Dios en los ríos
y adorarte en los tristes huesos de polvo y cal,
porque tu ser pasara sin pena al lado mío
y saliera en la estrofa --limpio de todo mal--.
¡Cómo sabría amarte, mujer cómo sabría
amarte, amarte como nadie supo jamás!
Morir y todavía
amarte más.
Y todavía
amarte más.
El amor del hombre es algo aparte de su vida, mientras que el de la mujer es su existencia.
Lord George Gordon Noel ByronLa mujer es un manjar digno de dioses, cuando no lo cocina el diablo.
William ShakespeareDesde la edad de seis años, la mujer no crece más que en dimensiones.
Severo CatalinaNo pienso consentir que me llame mujer en mi propia casa, dijo ella.
Evelyn WaughLa mujer en el hogar es reina a la que hay que amar.
RefránEl hombre es, para la mujer, un medio: el fin es siempre el hijo.
Friedrich Nietzsche. . . Si abro la puerta hay una mujer entonces afirmo que existe la realidad.
Aldo PellegriniQuien sabe gobernar a una mujer sabe gobernar un estado.
Honoré de BalzacA la sombra de un hombre célebre existe siempre una mujer que sufre.
Jules RenardMe niego a vivir en el mundo ordinario como una mujer ordinaria. A establecer relaciones ordinarias. Necesito el éxtasis. Soy una neurótica, en el sentido de que vivo en mi mundo. No me adaptaré de mi mundo. Me adapto a mí misma.
Anais NinMujer En Su Ventana
Ella está sumergida en su ventana contemplando las brasas
del anochecer, posible todavía.
Todo fue consumado en su destino, definitivamente
inalterable desde ahora
como el mar en un cuadro, y sin embargo el cielo continúa pasando
con sus angelicales procesamientos.
Ningún pato salvaje interrumpió su vuelo hacia el oeste; allá lejos
seguirán floreciendo los ciruelos, blancos, como si nada,
y alguien en cualquier parte levantará su casa sobre el polvo
y el humo de otra casa.
Inhóspito este mundo. Áspero este lugar de nunca más.
Por una fisura del corazón sale un pájaro negro y es la noche
¿o acaso será un dios que cae agonizando sobre el mundo?-,
pero nadie lo ha visto, nadie sabe, ni el que se va creyendo
que los lazos rotos nacen preciosas alas,
los instantáneos nudos del azar, la inmortal aventura,
aunque cada pisada clausure con un sello todos los
paraísos prometidos.
Ella oyó en cada paso la condena.
Y ahora ya no es más que una remota, inmóvil mujer en su ventana,
la simple arquitectura de la sombra asilada en su piel,
como si alguna vez una frontera, un muro, un silencio, un adiós,
hubieran sido el verdadero límite, el abismo final entre una mujer
y un hombre.
Sin la mujer, la vida es pura prosa.
Rubén DaríoPaisaje de la multitud que vomita
Anochecer en Coney Island
La mujer gorda venía delante
arrancando las raíces y mojando el pergamino de /
los tambores;
la mujer gorda
que vuelve del revés los pulpos agonizantes.
La mujer gorda, enemiga de la luna,
corría por las calles y los pisos deshabitados
y dejaba por los rincones pequeñas calaveras de /
paloma
y levantaba las furias de los banquetes de los /
siglos últimos
y llamaba al demonio del pan por las colinas del /
cielo barrido
y filtraba un ansia de luz en las circulaciones /
subterráneas.
Son los cementerios, lo sé, son los cementerios
y el dolor de las cocinas enterradas bajo la /
arena,
son los muertos, los faisanes y las manzanas de /
otra hora
los que nos empujan en la garganta.
Llegaban los rumores de la selva del vómito
con las mujeres vacías, con niños de cera /
caliente,
con árboles fermentados y camareros incansables
que sirven platos de sal bajo las arpas de la /
saliva.
Sin remedio, hijo mío, ¡vomita! No hay remedio.
No es el vómito de los húsares sobre los pechos de /
la prostituta,
ni el vómito del gato que se tragó una rana por /
descuido.
Son los muertos que arañan con sus manos de tierra /
las puertas de pedernal donde se pudren nublos y /
postres.
La mujer gorda venía delante
con las gentes de los barcos, de las tabernas y de /
los jardines.
El vómito agitaba delicadamente sus tambores
entre algunas niñas de sangre
que pedían protección a la luna.
¡Ay de mí! ¡Ay de mí! ¡Ay de mi!
Esta mirada mía fue mía, pero ya no es mía,
esta mirada que tiembla desnuda por el alcohol
y despide barcos increíbles
por las anémonas de los muelles.
Me defiendo con esta mirada
que mana de las ondas por donde el alba no se /
atreve,
yo, poeta sin brazos, perdido
entre la multitud que vomita,
sin caballo efusivo que corte
los espesos musgos de mis sienes.
Pero la mujer gorda seguía delante
y la gente buscaba las farmacias
donde el amargo trópico se fija.
Sólo cuando izaron la bandera y llegaron los /
primeros canes
la ciudad entera se agolpó en las barandillas del /
embarcadero.
El hogar es la prisión de la doncella y el taller de la mujer.
George Bernard Shaw