Frases y Pensamientos Populares

No deberíamos estar buscando héroes, deberíamos estar buscando buenas ideas.

Noam Chomsky

Solo existen dos cosas importantes en la vida. la primera es el sexo y la segunda no me acuerdo.

Woody Allen

Nadie te ha dado nada por nada si nadie te ha dado el corazón, porque sólo el corazón se da por nada.

Antonio Porchia

Si no quieres repetir el pasado, estúdialo.

Baruch De Spinoza

Los hombres se parecen mucho en esencia, pero en la práctica llegan a ser muy distintos.

Confucio

Quien sólo vive para sí, está muerto para los demás.

Publio Siro

Los ordenadores hacen lo que les dices que hagan, no lo que tú quieres que hagan.

Anónimo

No Puede

No puede conmigo
la tristeza
la arrastro hacia la vida
y se evapora.

Claribel Alegría

Para ser humilde se necesita grandeza.

Ernesto Sábato

La guerra incondicional no conduce ya a la victoria incondicional.

John Fitzgerald Kennedy

Un padre para cien hijos, antes que cien hijos para un padre.

Miguel de Cervantes Saavedra

Jamás el esfuerzo desayuda a la fortuna.

Fernando De Rojas

Amanece En El Tren

Amanece en el tren. Un rumor de raíles desata
la cremallera de un paisaje. El cielo abre sus
párpados, instante en que no sabes si acabas de
partir o estás a punto de llegar. No sabes si
el mundo huye de ti o eres tú velocidad de fuga
entre sus fauces. Te abandonas al presagio de una
selva lejana, esperas el placer de su espesura.

De "Dados y dudas"

Amalia Iglesias

Acuarela

Primavera. Ya las azucenas floridas y llenas de miel han abierto sus cálices pálidos bajo el oro del sol. Ya los gorriones tornasolados, esos amantes acariciadores, adulan a las rosas frescas, esas opulentas y purpuradas emperatrices; ya el jasmín, flor sencilla, tachona los tupidos ramajes, como una blanca estrella sobre un cielo verde. Ya las damas elegantes visten sus trajes claros, dando al olvido las pieles y los abrigos invernales. Y mientras el sol se pone, sonrosando las nieves con una claridad suave, junto a los árboles de la Alameda que lucen sus cumbres resplandecientes en un polvo de luz, su esbeltez solemne y sus hojas nuevas, bulle un enjambre ajeno a ruido de música, de cuchicheos vagos y de palabras fugaces.
He aquí el cuadro. En primer término está la negrura de los coches que explende y quiebra los últimos reflejos solares, los caballos orgullosos con el brillo de sus arneces, y con sus cuellos estirados e inmóviles de brutos heráldicos; los cocheros taciturnos, en su quietud de indiferentes, luciendo sobre las largas libreas los botones metálicos flamantes; y en el fondo de los carruajes, reclinadas como odaliscas, erguidas como reinas, las mujeres rubias de los ojos soñadores, las que tienen cabelleras negras y rostros pálidos, las rosadas adolescentes que ríen con alegría de pájaro primaveral, bellezas lánguidas, hermosuras audaces, castos lirios albos y tentaciones ardientes.
En esa portezuela está un rostro apareciendo de modo que semeja el de un querubín, por aquélla ha salido una mano enguantada que se dijera de niño, y es de morena tal que llama los corazones, más allá se alcanza a ver un pie de Cenicienta con un zapatito oscuro y media lila, y acullá, gentil con sus gestos de diosa, bella con su color de marfil amapolado, su cuello real y la corona de su cabellera, está la Venus de Milo, no manca, sino con dos brazos, gruesos como los muslos de un querubín de Murillo, y vestida a la última moda de París, con ricas telas de Prá.
Más allá está el oleaje de los que van y vienen: parejas de enamorados, hermanos y hermanas, grupos de caballeritos irreprochables; todo en la confusión de los rostros, de las miradas, de los colorines, de los vestidos, de las capotas: resaltando a veces en el fondo negro y aceitoso de los elegantes dumas, una cara blanca de mujer, un sombrero de paja adornado de colibríes, de cintas o de plumas, y el inflado globo rojo, de goma, que pendiente de un hilo lleva un niño risueño, de medias azules, zapatos charolados y holgado cuello a la marinera.
En el fondo, los palacios elevan al azul la soberbia de sus fachadas, en las que los álamos erguidos rayan columnas hojosas entre el abejeo trémulo y desfalleciente de la tarde fugitiva.

Rubén Darío

El reposo no es el destino del hombre, y la seguridad es sólo una ilusión.

Blaise Pascal

Prefiero pasar por necio o estúpido, con tal de que mis faltas me den placeres o ilusiones, que ser sabio a rabiar.

Quinto Horacio Flaco

Nada da idea de la vejez prematura de un hombre hecho y derecho como su sumisión incondicional a la juventud de los otros.

Gregorio Marañón

El hombre es un dios caído que se acuerda del cielo.

Alphonse de Lamartine

Cada cosa tiene su belleza, pero no todos pueden verla.

Confucio

No es necio el que hace la necedad, sino el que, hecha, no la sabe encubrir.

Baltasar Gracián