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El lobito bueno

Érase una vez 
un lobito bueno 
al que maltrataban 
todos los corderos. 
 
Y había también 
un príncipe malo, 
una bruja hermosa 
y un pirata honrado. 
 
Todas estas cosas 
había una vez. 
Cuando yo soñaba 
un mundo al revés. 

José Agustín Goytisolo

Feliciano Me Adora Y Le Aborrezco...

Feliciano me adora y le aborrezco;
Lisardo me aborrece y yo le adoro;
por quien no me apetece ingrato, lloro,
y al que me llora tierno, no apetezco:

a quien más me desdora, el alma ofrezco;
a quien me ofrece víctimas, desdoro;
desprecio al que enriquece mi decoro
y al que le hace desprecios enriquezco;

si con mi ofensa al uno reconvengo,
me reconviene el otro a mí ofendido
y al padecer de todos modos vengo;

pues ambos atormentan mi sentido;
aquéste con pedir lo que no tengo
y aquél con no tener lo que le pido.

Sor Juana Inés de la Cruz

El gallo Pinto

El gallo Pinto se durmió y 
esta mañana no cantó, todo 
el mundo espera su cocoricó, 
el sol no salió porque aún no lo oyó. 
El gallo Pinto se durmió y 
esta mañana no cantó, todo 
el mundo espera su cocoricó, 
el sol no salió porque aún no lo oyó 
El gallo Pinto no pinta, 
el que pinta es el pintor. 
Que el gallo Pinto las pintas 
pinta por pinta pintó. 

Javier Villafañe

Hay fases fugitivas en el cuarto creciente de la luna,

Hay fases fugitivas en el cuarto creciente de la /
luna,
en las fuerzas sombrías que llevaron y trajeron, 
un carro de pan, para posarlo
en la mesa y hacerlo rodar. 
Así, un día después de otro día, 
con gusto a naranjada en los labios. 
?¿Perderé por todo lo prisionero que había en mí? 
?¿Esas voces granulosas me están llamando?
Eran respuestas a un mensaje de un mensaje, 
que se internaba por vallas disueltas, 
ríos desbordados, manchas de aceite 
para lo inacabado. 
 

Homero Nicolás Manzione

La que pasea

El aire la recibe cuando anda,
el cielo la posee, los árboles la besan,
la ama el mar.
Sus pies no pertenecen a su cuerpo, 
sino al camino.
Sus piernas le obedecen
como columnas a la Música.
Sus pasos desprendidos del tobillo
no caen en el silencio
como sonidos huérfanos.
Cada uno es guardado en la tierra
como campanas en la memoria.
No se aleja, se acerca. 
?Alejarse es volver a besar
en el aire que espera?.
Como las olas condenadas
a gastar un lugar 
el Movimiento no la deja partir. 

Orfila Bardesio

No Importa Que La Sangre Corra Formando Mares,

que mis ojos se vuelvan de metal y de arena,
él gobierna y lo dice:
"Morirá quien yo quiera,
cuando yo lo desee y en el momento justo.
No importa si se ha vuelto del color de las nubes,
si es leopardo o serpiente.
Yo acabaré con él y con su mala estirpe.
Los guardianes me han dicho
que ahora tiene la forma de un alazán oscuro.
Pues bien, poco me importa,
que voy a hacerme un manto con sus crines de seda."

Eso dijo mi padre sin mirarme a los ojos.

Elsa López

Tiempo Arriba

¿Cómo podrás estar, querida Sabia,
sufriendo con tus ojos todo el día
tanto torvo mural, volada reja,
-comiendo como un pájaro en la nieve-
sonriendo y haciendo que no has visto
tanta pared gritando: «prohibida
la vida», sí, la gran envenenada?

¿Cómo sucede así, querida mía,
sin que quiebren las cosas más hermosas,
sin que el mar caiga al punto en la ruina,
el pan no sea ya el pan, la luz se seque,
y yo no muera o de repente tome
un camino y no sepas de mí nunca ?

Marisa Sabia y otros poemas, 1963.

Eladio Cabañero

¿Y más allá?

Un extraño viajero musitaba en la noche: 
 
-Yo escalaré la cima; profanarán mis huellas 
la nieve que cien siglos dejaron al pasar 
y en lo alto, cara a cara, miraré las estrellas... 
-¿Y más allá? 
 
-Romperé la maraña de los bosques añejos, 
violaré con mis manos toda virginidad 
y veré nuevos mundos sobre los mundos viejos. 
-¿Y más allá? 
 
-Lucharé contra todo lo imposible; mi grito 
será luz en el hondo silencio secular 
y venceré en la lucha, porque soy de granito. 
-¿Y más allá? 
 
-No habrá un palmo de mundo que yo ignore; mis /
ojos
bajarán al abismo, subirán al azul 
y, como dos palancas, romperán los cerrojos 
del libro del Destino que agobia mi testuz. 
 
Soy una imagen vaga, la sombra de un deseo; 
pero hallaré algún día mi oculto manantial... 
¡Entonces seré el Hombre que soñó Prometeo! 
-¿Y más allá? 
 

 
Más allá, más allá. Y esa voz era fría 
como un trozo de hielo. 
¿Qué ha /
de ser más allá?
¡Pero el hombre, incansable, por la senda seguía 
y su canto en las sombras era un himno inmortal! 
 

Leopoldo Marechal

Visión

Se sueña, se presiente, se adivina, 
estremécese el labio y no la nombra; 
el alba la ve huir de la colina 
velada entre los pliegues de la sombra. 
 
Espira el melancólico perfume 
de la rosa en un féretro olvidada; 
se deshace en incienso, se consume 
a la rápida luz de una mirada.
 
Hermana de la tarde, pensativa 
en el fondo del valle resplandece; 
un instante deslumbra, y fugitiva 
en el pálido azul se desvanece 

Rafael Obligado

Al Niño Elis

Elis, cuando el mirlo llame en el oscuro bosque
será tu ocaso.
Tus labios beben frescura en la pedregosa fuente azul.

Cuando tu frente sangre suavemente
olvida las antiguas leyendas
y el oscuro augurio del vuelo de los pájaros.

Pues tus leves pasos se adentran en la noche
cargada con los púrpuras racimos de la vid;
mientras el azul hace más bello
el movimiento de tus brazos.

Se escucha un espino,
allá donde vuelan tus dos ojos de luna.
Ah, hace cuánto tiempo que eres de la muerte.

Tu cuerpo es un jacinto
donde un monje sumerge sus dedos de cera.
Y una cueva sombría es nuestro silencio
de la que a veces surge un apacible animal.
Deja caer lento los pesados párpados.

Sobre tus sienes gotea un oscuro rocío,
el último oro de las estrellas extinguidas.

Versión de Helmut Pfeiffer

Georg Trakl

Soneto de La Separación

De repente la risa se hizo llanto,
silencioso y blanco como la bruma;
de las bocas unidas se hizo espuma,
y de las manos dadas se hizo espanto.

De repente la calma se hizo viento
que de los ojos apagó la última llama,
y de la pasión se hizo el presentimiento
y del momento inmóvil se hiso el drama.

De repente, no más que de repente,
se volvió triste lo que fuera amante,
y solitario lo que fuera contento.

El amigo próximo se hizo distante,
la vida se volvió una aventura errante.
De repente, no más que de repente.

Versión de César Conto

Vinicius de Moraes

La Rosa

La rosa,
la inmarcesible rosa que no canto,
la que es peso y fragancia,
la del negro jardín en la alta noche,
la de cualquier jardín y cualquier tarde,
la rosa que resurge de la tenue
ceniza por el arte de la alquimia,
la rosa de los persas y de Ariosto,
la que siempre está sola,
la que siempre es la rosa de las rosas,
la joven flor platónica,
la ardiente y ciega rosa que no canto,
la rosa inalcanzable.

Jorge Luis Borges

Devenir marta

A lacios oropeles enyedrada
la toga que flaneando las ligas, las ampula
para que flote en el deambuleo la ceniza, /
impregnando
de lanas la atmósfera cerrada y fría del boudoir.
 
A través de los años, esa lívida
mujereidad enroscándose, bizca,
en laberintos de maquillaje, el velador de los /
aduares
incendiaba al volcarse la arena, vacilar
 
en un trazo que sutil cubriese
las hendiduras del revoque
y, más abajo, ligas, lilas, revuelo
de la mampostería por la presión ceñida y fina que /
al ajustar
 
los valles microscópicos del tul
sofocase las riendas del calambre, irguiendo
levemente el pezcuello que tornando
mujer se echa al diván

Néstor Perlongher

Balada de lo que no vuelve

Venía hacia mí por la sonrisa
Por el camino de su gracia
Y cambiaba las horas del día
El cielo de la noche se convertía en el cielo del /
amanecer
El mar era un árbol frondoso lleno de pájaros
Las flores daban campanadas de alegría
Y mi corazón se ponía a perfumar enloquecido. 

Vicente Huidobro

Era un niño que soñaba

Era un niño que soñaba 
un caballo de cartón. 
Abrió los ojos el niño 
y el caballito no vio. 
 
Con un caballito blanco 
el niño volvió a soñar; 
y por la crin lo cogía... 
¡Ahora no te escaparás! 
 
Apenas lo hubo cogido, 
el niño se despertó. 
Tenía el puño cerrado. 
¡El caballito voló! 
 
Quedóse el niño muy serio 
pensando que no es verdad 
un caballito soñado. 
Y ya no volvió a soñar. 
 
Pero el niño se hizo mozo 
y el mozo tuvo un amor, 
y a su amada le decía: 
¿Tú eres de verdad o no? 
 
Cuando el mozo se hizo viejo 
pensaba: Todo es soñar, 
y el caballito soñado 
y el caballo de verdad. 
 
Y cuando le vino la muerte, 
el viejo a su corazón 
preguntaba: ¿Tú eres sueño? 
¡Quién sabe si despertó! 

Antonio Machado

A través

Doblo la página del día, 
escribo lo que me dicta 
el movimiento de tus pestañas. 
 

 
Mis manos 
abren las cortinas de tu ser 
te visten con otra desnudez 
descubren los cuerpos de tu cuerpo 
Mis manos 
inventan otro cuerpo a tu cuerpo. 
 

 
Entro en ti, 
veracidad de la tiniebla. 
Quiero las evidencias de lo oscuro, 
beber el vino negro: 
toma mis ojos y reviéntalos. 
 

 
Una gota de noche 
sobre la punta de tus senos: 
enigmas del clavel. 
 

 
Al cerrar los ojos 
los abro dentro de tus ojos. 
 

 
En su lecho granate 
siempre está despierta 
y húmeda tu lengua. 
 

 
Hay fuentes
en el jardín de tus arterias. 
 

 
Con una máscara de sangre 
atravieso tu pensamiento en blanco: 
desmemoria me guía 
hacia el reverso de la vida. 
 

Octavio Paz

Encargo

No me des tregua, no me perdones nunca.
Hostígame en la sangre, que cada cosa cruel sea tú que
vuelves.
¡No me dejes dormir, no me des paz!
Entonces ganaré mi reino,
naceré lentamente.
No me pierdas como una música fácil, no seas caricia ni
guante;
tállame como un sílex, desespérame.
Guarda tu amor humano, tu sonrisa, tu pelo. Dálos.
Ven a mí con tu cólera seca de fósforos y escamas.
Grita. Vomítame arena en la boca, rómpeme las fauces.
No me importa ignorarte en pleno día,
saber que juegas cara al sol y al hombre.
Compártelo.


Yo te pido la cruel ceremonia del tajo,
lo que nadie te pide: las espinas
hasta el hueso. Arráncame esta cara infame,
oblígame a gritar al fin mi verdadero nombre.

Julio Cortázar

Señor, le escribo para decirle

Señor,
le escribo para decirle
que he vuelto, esta mañana,
a leer sus versos.
Mi sed está saciada
y me siento iluminado.
No sé cómo pude
negarlo tres veces,
practicar la escritura automática
y unirme a la crueldad
de la multitud.
 
La esgrima tonta de los días
se había apoderado de mí.
Perdóneme, recíbame.
 

Fabián Casas

Romance de La Doncella Guerrera

Pregonadas son las guerras de Francia para Aragón,
¡Cómo las haré yo, triste, viejo y cano, pecador!
¡No reventaras, condesa, por medio del corazón,
que me diste siete hijas, y entre ellas ningún varón!
Allí habló la más chiquita, en razones la mayor:
-No maldigáis a mi madre, que a la guerra me iré yo;
me daréis las vuestras armas, vuestro caballo trotón.
-Conocerante en los pechos, que asoman bajo el jubón.
-Yo los apretaré, padre, al par de mi corazón.
-Tienes las manos muy blancas, hija no son de varón.
-Yo les quitaré los guantes para que las queme el sol.
-Conocerante en los ojos, que otros más lindos no son.
-Yo los revolveré, padre, como si fuera un traidor.
Al despedirse de todos, se le olvida lo mejor:
-¿Cómo me he de llamar, padre? -Don Martín el de Aragón.
-Y para entrar en las cortes, padre ¿cómo diré yo?
-Bésoos la mano, buen rey, las cortes las guarde Dios.
Dos años anduvo en guerra y nadie la conoció
si no fue el hijo del rey que en sus ojos se prendó.
-Herido vengo, mi madre, de amores me muero yo;
los ojos de Don Martín son de mujer, de hombre no.
-Convídalo tú, mi hijo, a las tiendas a feriar,
si Don Martín es mujer, las galas ha de mirar.
Don Martín como discreto, a mirar las armas va:
-¡Qué rico puñal es éste, para con moros pelear!
-Herido vengo, mi madre, amores me han de matar,
los ojos de Don Martín roban el alma al mirar.
-Llevarásla tú, hijo mío, a la huerta a solazar;
si Don Martín es mujer, a los almendros irá.
Don Martín deja las flores, un vara va a cortar:
-¡Oh, qué varita de fresno para el caballo arrear!
-Hijo, arrójale al regazo tus anillas al jugar:
si Don Martín es varón, las rodillas juntará;
pero si las separase, por mujer se mostrará.
Don Martín muy avisado hubiéralas de juntar.
-Herido vengo, mi madre, amores me han de matar;
los ojos de Don Martín nunca los puedo olvidar.
-Convídalo tú, mi hijo, en los baños a nadar.
Todos se están desnudando; Don Martín muy triste está:
-Cartas me fueron venidas, cartas de grande pesar,
que se halla el Conde mi padre enfermo para finar.
Licencia le pido al rey para irle a visitar.
-Don Martín, esa licencia no te la quiero estorbar.
Ensilla el caballo blanco, de un salto en él va a montar;
por unas vegas arriba corre como un gavilán:
-Adiós, adiós, el buen rey, y tu palacio real;
que dos años te sirvió una doncella leal!
Óyela el hijo del rey, trás ella va a cabalgar.
-Corre, corre, hijo del rey que no me habrás de alcanzar
hasta en casa de mi padre si quieres irme a buscar.
Campanitas de mi iglesia, ya os oigo repicar;
puentecito, puentecito del río de mi lugar,
una vez te pasé virgen, virgen te vuelvo a pasar.
Abra las puertas, mi padre, ábralas de par en par.
Madre, sáqueme la rueca que traigo ganas de hilar,
que las armas y el caballo bien los supe manejar.
Tras ella el hijo del rey a la puerta fue a llamar.

Romancero y Cancionero anónimo hasta el siglo XV

Al Cielo

El puro azul ennoblece
mi corazón. Sólo tú, ámbito altísimo
inaccesible a mis labios, das paz y calma plenas
al agitado corazón con que estos años vivo.
Reciente la historia de mi juventud, alegre todavía
y dolorosa ya, mi sangre se agita, recorre su cárcel
y, roja de oscura hermosura, asalta el muro
débil del pecho, pidiendo tu vista,
cielo feliz que en la mañana rutilas,
que asciendes entero y majestuoso presides
mi frente clara, donde mis ojos te besan.
Luego declinas, ¡oh sereno, oh puro don de la altura!,
cielo intocable que siempre me pides, sin cansancio, mis besos,
como de cada mortal, virginal, solicitas.
Sólo por ti mi frente pervive al sucio embate de la sangre.
Interiormente combatido de la presencia dolorida y feroz,
recuerdo impío de tanto amor y de tanta belleza,
una larga espada tendida como sangre recorre
mis venas, y sólo tú, cielo agreste, intocado,
das calma a este acero sin tregua que me yergue en el mundo.
Baja, baja dulce para mí y da paz a mi vida.
Hazte blando a mi frente como una mano tangible
y oiga yo como un trueno que sea dulce una voz
que, azul, sin celajes, clame largamente en mi cabellera.
Hundido en ti, besado del azul poderoso y materno,
mis labios sumidos en tu celeste luz apurada
sientan tu roce meridiano, y mis ojos
ebrios de tu estelar pensamiento te amen,
mientras así peinado suavemente por el soplo de los astros,
mis oídos escuchan al único amor que no muere.

Vicente Aleixandre
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