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Lugares

No sé donde está el árbol
que me hace estar tán lejos
ahora que se acerca

No sé si yo lo traigo
o si es él quien me lleva

Un hilo desde el fondo de su tiempo
tira de mí y me arrastra

mientras tiro de un hilo
para arrancarlo al fondo de su tiempo

Él llega -árbol entero
Yo de mí misma falto

La memoria nos cambia de lugares
sin movernos de nuestros sitios

Ulalume González de León

El Breve Amor

Con qué tersa dulzura
me levanta del lecho en que soñaba
profundas plantaciones perfumadas,

me pasea los dedos por la piel y me dibuja
en el espacio, en vilo, hasta que el beso
se posa curvo y recurrente,

para que a fuego lento empiece
la danza cadenciosa de la hoguera
tejiéndose en ráfagas, en hélices,
ir y venir de un huracán de humo...

¿Por qué, después,
lo que queda de mí
es sólo un anegarse entre las cenizas
sin un adiós, sin nada más que el gesto
de liberar las manos?

Julio Cortázar

En La Casa

Iba abriendo las últimas estancias.
Nada turbaba el polvo gris del suelo.
Triste la luz, sobre los altos muros,
acuchillaba el tiempo.

Nadie pisaba. Nadie turbia. (¿Nadie
pisaba las orillas del silencio?)
En el cristal, sangrando, rebotaba
un pájaro de hielo.

Iba desempolvando los rincones.
«Ahora es verdad. Ahora. Esto fue un beso
dulce, aquello una palabra... ¡Oh, Dios!,
¿y esto? »

Se tocaba las manos. No sabía.
Acariciaba, roto, un pedazo de sueño.
¿Qué es...? ¿Qué es...? Temblaba. Torpe, había
olvidado el recuerdo.

«Aquí hubo alguien. Yo lo sé. Aquí
vivía alguien. ¿Quién, ¡oh Dios! , quién...?» Luego
lloró sobre las losas. ..Se buscaba
él mismo sin saberlo.

Carlos Murciano

Amor en dos tiempos


Mi pedazo de dulce de alfajor de almendra 
mi pájaro carpintero serpiente emplumada 
colibrí picoteando mi flor bebiendo mi miel 
sorbiendo mi azúcar tocándome la tierra 
el anturio la cueva la mansión de los atardeceres 
el trueno de los mares barco de vela 
legión de pájaros gaviota rasante níspero dulce 
palmera naciéndome playas en las piernas 
alto cocotero tembloroso obelisco de mi perdición 
tótem de mis tabúes laurel sauce llorón 
espuma contra mi piel lluvia manantial 
cascada en mi cauce celo de mis andares 
luz de tus ojos brisa sobre mis pechos 
venado juguetón de mi selva de madreselva y musgo 
centinela de mi risa guardián de los latidos 
castañuela cencerro gozo de mi cielo rosado 
de carne de mujer mi hombre vos único talismán 
embrujo de mis pétalos desérticos vení otra vez 
llename pegame contra tu puerto de olas roncas 
llename de tu blanca ternura silenciame los gritos 
dejame desparramada mujer. 
 
II 
Campanas sonidos ulular de sirenas 
suelto las riendas galopo carcajadas 
pongo fuera de juego las murallas 
los diques caen hechos pedazos salto verde 
la esperanza el cielo azul sonoros horizontes 
que abren vientos para dejarme pasar: 
«Abran paso a la mujer que no temió las mareas del /
amor
ni los huracanes del desprecio» 
 
Venció el vino añejo el tinto el blanco 
salieron brotaron las uvas con su piel suave 
redondez de tus dedos llovés sobre mí 
lavás tristeza reconstruís faros bibliotecas 
de viejos libros con hermosas imágenes 
me devolvés el gato risón Alicia el conejo 
el sombrero loco los enanos de Blancanieves 
el lodo entre los dedos el hálito de infancia 
estás en la centella en la ventana desde donde 
nace el árbol trompo tacitas te quiero te toco 
te descubro caballo gato luciérnaga pipilacha 
hombre desnudo diáfano tambor trompeta 
hago música 
bailo taconeo me desnudo te envuelvo 
me envuelves 
besos besos besos besos besos besos besos besos 
silencio sueño. 
 

Gioconda Belli

No hay libros de consulta
para esta abominable tarea 
de diseccionar
el amor que sentía 
cada vez que revoloteabas
mi insectario. 
Tu pequeña biología
se arriesgaba 
desconocedora 
de mi instinto cazador. 
 

Walter Viegas

Soneto

En un mar sangriento de cruel venganza, 
de rabia, de ira y de coraje lleno, 
corrí tormenta, de esperanza ajeno 
de llegar en mi estado a ver bonanza; 
 
y un súbito accidente, una mudanza 
el pecho libra del mortal veneno, 
y el que en mi agravio a mi furor condeno, 
en el perdón produce mi esperanza. 
 
No la privanza me movió futura, 
que Fortuna en sus obras desiguales 
no hace de los méritos memoria; 
 
más debo a mi piedad esta ventura, 
y por lo menos en hazañas tales 
de la gentil acción queda la gloria. 

Juan Ruíz de Alarcón

Luz de Llanto

"Para cumplir imaginaria cita "
he de escribir en lágrimas.
Talvez los lentos monosílabos
cálidamente, mudamente digan
lo que ayer no supieron las palabras.

Temblorosa, desnuda,
el alma iba al cuenco de tus manos
pidiendo el pan de la ternura
y el sorbo de una diáfana alegría.

¡Oh silencio aromante!
¡Oh fuego sosegante!
¡Oh rosario de instantes sin mancilla,
labrado en los metales de la tarde!

En macilenta soledad,
más pálida, más lenta,
se extenúa la tarde sin tu forma.
Tu ademán era el nardo
y eran tu voz la brisa y la amapola.
Para el último vuelo
se azulaban rozándote las horas,
y al llegar los luceros sorprendían
la tarde iluminada por tu sombra.

Vuelvo mis ojos a la noche
que te guarda dispersa:
blancuras errabundas, azul profundidad
palpitación tranquila de la tierra.

Como no puede ser
la tarde sin tu forma, hoyes la noche
recinto de mi sueño y de tu sombra.

Con luz de llanto -enjambre de luciérnagas-
otra vez he de hallarte,
¡oh dulce sombra de las tardes muertas!

Carlos López Narváez

Elegía Xi

Cuando derrite el cielo el sol de julio
buscan los bueyes las espesas sombras;
los segadores de color cobrizo,
las frescas jarras y los pozos húmedos,
las cabras, los retoños del olivo,
y yo -lento y errante por el día-
la terrestre dulzura de tu cuerpo.

Pues la verbena en flor, la verde prímula
y las vidas silvestres cuyos pámpanos
sombrean la roja frente de los sátiros,
y el soto umbrío que un arroyo baña
y que al pasar el viento vibra todo
como lira de hojas plateadas,
y las colgantes dríadas que enroscan
sus guirnaldas de azules campanillas
en el tronco del álamo sonante,
y la zarza espinosa donde tiembla
-sombra y rocío- un dios enamorado,
no tienen para mi alma la dulzura
de la dorada gracia de tu cuerpo.

Como la rosa móvil y redonda
del girasol sigue el curso del astro,
como el agua en la fuente campesina
se arquea y luego cae en claro chorro,
como el fruto maduro comba grávido
la rama que sustenta su opulencia,
como el águila gira por el cielo
y se cierne, voraz, sobre el rebaño,
así mi alma gravita, gira y cae
fruto, flor, agua y águila, en tu cuerpo.

Ricardo Molina

El Paraíso Sobre Los Tejados

Será un día tranquilo, de luz fría
como el sol que nace o muere, y el cristal
cerrará el aire sucio fuera del cielo.

Se nos despierta una mañana, una vez para siempre,
en la tibieza del último sueño: la sombra
será como la tibieza. Llenará la estancia,
por la gran ventana, un cielo más grande.
Desde la escalera, subida una vez para siempre,
no llegarán voces, ni rostros muertos.

No será necesario dejar el lecho.
Sólo el alba entrará en la estancia vacía.
Bastará la ventana para vestir cada cosa
con una tranquila claridad, casi una luz.
Se posará una sombra descarnada sobre el rostro sumergido.

Será los recuerdos como grumos de sombra
aplastados como las viejas brasas
en el camino. El recuerdo será la llama
que todavía ayer mordía en los ojos apagados.

Versión de Carles José i Solsora

Cesar Pavese

El ocaso de los dioses

No hay nadie en la calle, en los ruidos húmedos, /
en el
vuelo de las hojas y mis pasos quieren reiniciar 
las maderas de la adolescencia. 
 
Pero todo está abandonado, no hay nada que pueda 
favorecernos; ningún aire de inconsciencia, ningún 
reino de libertad. Sólo hábitos tolerantes /
haciendo
crujir nuestra memoria. "Ha estado bien", decimos. 
 
Dueños del incendio, de la bondad del crepúsculo, 
de nuestro hacer, de nuestra música, del único 
amor incoherente; soberanos de esa calle donde los 
tactos y la impresión hicieron su universo. 
 
Las sombras acarician aún sus veredas, tu mismo 
nombre y tu gesto son una forma nocturna que en 
esa constelación crece y sabe enrostrar nuestra 
culpa. 
 
Y todo termina con una esperanza, con una dilación 
?"ha estado bien"?, o en un bostezo, o en otro 
lugar donde es menester el coraje. 
 

Francisco Urondo

Entra La Noche

Entra la noche como un trueno
por los rompientes de la vida,
recorre salas de hospitales,
habitaciones de prostíbulos,
templos, alcobas, celdas, chozas,
y en los rincones de la boca
entra también la noche.

Entra la noche como un bulto
de mar vacío y de caverna,
se va esparciendo por los bordes
del alcohol y del insomnio,
lame las manos del enfermo
y el corazón de los cautivos,
y en la blancura de las páginas
entra también la noche.

Entra la noche como un vértigo
por la ciudad desprevenida,
rasga las sábanas más tristes,
repta detrás de los cobardes,
ciega la cal y los cuchillos
y en el fragor de las palabras
entra también la noche.

Entra la noche como un grito
por el silencio de los muros,
propaga espantos y vigilias,
late en lo hondo de las piedras,
abre los últimos boquetes
entre los cuerpos que se aman,
y en el papel emborronado
entra también la noche.

José Manuel Caballero Bonald

Lovers go home

Ahora que empecé el día
volviendo a tu mirada
y me encontraste bien
y te encontré más linda
ahora que por fin
está bastante claro
dónde estás y dónde
estoy
sé por primera vez
que tendré fuerzas
para construir contigo
una amistad tan piola
que del vecino
territorio del amor
ese desesperado
empezarán a mirarnos
con envidia
y acabarán organizando
excursiones
para venir a preguntarnos
cómo hicimos. 

Homero Nicolás Manzione

Nosotros

Nosotros 
respetamos el compás de otra lengua 
hacemos honor al que nos dice 
lo que no queremos oír, mortales 
 

Verónica Viola Fisher

La Suprema Angustia

Si entre fe e incredulidad
un soplo apenas se mide
y el mismo espacio divide
al error y a la verdad;

si induciendo de esta suerte
hemos de llegar al fin
a suprimir el confín
entre la vida y la muerte;

si este lapso de un aliento
también me aparta de Ti,
sin dejarme alzar de aquí
mi vuelo por un momento;

¡Oh, Señor!, ¿qué puedo hacer
para ser uno contigo,
si de mi ser me desligo
y no puedo a Ti ascender?

¡Oh, qué secreto angustioso!
¡Oh, qué enigma impenetrable!
¡Qué ansia tan insaciable!
¡Qué dolor tan delicioso!

Omar Khayyam

Si Sólo Pudiera Verte

Si sólo pudiera verte
y sólo escuchar tu risa.

Si sólo fuera la brisa
que en tu pelo se divierte.

Si sólo fuera el inerte
ladrillo que tu pie pisa

o el agua que se desliza
sobre ti sin conocerte.

Si sólo fuera el no verte,
mas sin la muerte y la prisa.

Manuel José Arce

Kasida Y Rondó

Las ciudades sin ti no las recuerdo

Son las flores cerradas del mundo

Las ciudades sin ti no tienen nombre

Las ciudades sin ti no las recuerdo

La noche solitaria que parece

Tan sólo una tiniebla vagabunda

La noche en que no estás tiembla mi noche

Si el vacío me mira con tus ojos

Vale más el vacío que la vida

Si me mira el vacío con tus ojos

La noche en soledad corrompe sueños

La noche en que no estás tiembla mi noche

De «El equipaje abierto»

Felipe Benítez Reyes

El Rey Lear

Di que me amas. Di: «Te amo»,
dímelo por primera y por última vez.
Sólo: «Te amo». No me digas cuánto.
Son suficientes esas dos palabras.
«Más que a mi salvación», dijo Regania.
«Más que a la primavera», dijo Gonerila.
No sospechaba que mentían.
Di que me amas. Di: «Te amo»,
Cordelia, aunque me mientas,
aunque no sepas que te mientes.

Todo se ha diluido ya en el sueño.
La nave en que pasé la mar,
fustigada por los relámpagos,
era un sueño del que aún no he despertado.
Vivo brezado por un sueño,
inerme en su viscosa telaraña
para toda la eternidad,
si es que la eternidad no es un sueño también.

La tempestad me arrebató al Bufón,
al pícaro azotado, deslenguado, insolente,
que era mi compañero, era yo mismo,
reflejo mío en los espejos
cóncavos y convexos, que inventó Valle-Inclán.

Los brazos de las olas me estrellaron
contra el acantilado y un buen día,
ya no recuerdo cuándo, desperté
y hallé sobre la arena
piedras labradas con primor,
sillares corroídos, lamidos y arañados
por los dientes y garras de las algas.
Entonces,
desatado del sueño,
comencé a rehacer el mundo mío,
que se desperezaba bajo un sol diferente.

Y aquí está, al fin, delante de mis ojos;
oigo como jadea
con la disnea del agonizante, del sobremuriente.
Espera a que tú llegues
y me digas «te amo».
Conservo aquí los cielos que viajaron conmigo:
grises torcaces de Bretaña, cobaltos de Provenza,
índigos de Castilla.
Sólo tú eres capaz de devolverles
la transparencia, la luminosidad
y la palpitación que los hacían únicos.
Aquí están aguardándote.

Quiero oírte decir, Cordelia, «te amo».
Son las mismas palabras que salieron
de labios de Regania y Gonerila,
no de su corazón. Más tarde
se deshicieron de mis caballeros,
hijos del huracán, bravucones, borrachos,
lascivos, pendencieros. Regresaron
al silencio y a la nada.
La niebla disolvió sus armaduras,
sus yelmos, sus escudos cincelados,
aquel hervor y desvarío
de águilas, quimeras, unicornios,
efigies, delfines, grifos.
¿Por qué reino cabalgan hoy sus sombras?

Mi reino por un «te amo», sangrándote en la boca;
mi eternidad por sólo dos palabras:
susúrralas o cántalas sobre un fondo real,
agua de manantial sobre los guijos,
saetas que desgarran con su zumbido el aire.
Así la realidad hará que sean real
en las palabras que nunca pronunciaste
-¡porque nunca las pronunciaste!-
Y que ultrasuenan en un punto
del tiempo y del espacio
del que tengo que rescatarlas
antes de que me vaya.
Ven a decirme «te amo».
No me importa que duren tus palabras
lo que la humedad de una lágrima
sobre una seda ajada.

En esa paz reconstruida
-sé que es tan sólo un decorado-, represento
mi papel, es decir, finjo.
Porque ya he despertado,
ya no confundo el canto de la alondra
con el del ruiseñor. Y aquí vivo esperándote
contando días y horas y estaciones
y cuando llegues, anunciada
por el sonido de las trompas
de mis fantasmales cazadores,
sé que me reconocerás
por mi corona de oro, a la que han arrancado
sus gemas las urracas ladronas,
por la escudilla de madera que me legó el bufón,
en la que robles y arces depositan
su limosna encendida, su diezmo volandero,
el parpadeo del otoño.

Ven pronto, el plazo ya está a punto
de cumplirse, y no me traigas flores
como si hubiese muerto.
Ven antes de que me hunda
en el torbellino del sueño,
ven a decirme «te amo» y desvanécete enseguida.

Desaparece antes de que te vea
nadando en un licor trémulo y turbio,
como a través de un vidrio esmerilado,
antes de que te diga:
«yo sé que te he querido mucho,
pero no recuerdo quién eres».

José Hierro

Éxodo

En lo alto del día 
eres aquel que vuelve 
a borrar de la arena la oquedad de su paso; 
el miserable héroe que escapó del combate 
y apoyado en su escudo mira arder la derrota; 
el náufrago sin nombre que se aferra a otro cuerpo 
para que el mar no arroje su cadáver a solas; 
el perpetuo exiliado que en el desierto mira 
crecer hondas ciudades que en el sol retroceden; 
el que clavó sus armas en la piel de un dios /
muerto
el que escucha en el alba cantar un gallo y otro 
porque las profecías se están cumpliendo: atónito 
y sin embargo cierto de haber negado todo; 
el que abre la mano 
y recibe la noche. 

Jorge Emilio Pacheco

La araña

Es una araña enorme que ya no anda; 
una araña incolora, cuyo cuerpo, 
una cabeza y un abdomen, sangra. 
Hoy la he visto de cerca. Y con qué esfuerzo 
hacia todos los flancos 
sus pies innumerables alargaba. 
Y he pensado en sus ojos invisibles, 
los pilotos fatales de la araña. 
Es una araña que temblaba fija 
en un filo de piedra; 
el abdomen a un lado, 
y al otro la cabeza. 
Con tantos pies la pobre, y aún no puede 
resolverse. Y, al verla 
atónita en tal trance, 
hoy me ha dado qué pena esa viajera. 
Es una araña enorme, a quien impide 
el abdomen seguir a la cabeza. 
Y he pensado en sus ojos 
y en sus pies numerosos... 
¡Y me ha dado qué pena esa viajera! 

César Vallejo

El Amor

Estar nuestro querer
gozándose en sí mismo
al pasmo de un instante
no soñado. Vivido.

Sin pedir ni dar nada
ver mi fondo en tu fondo.
Ser objeto e imagen
como el agua del pozo.

Beatitud de lo cierto:
aquiescencia de Dios.
Nescencia de la duda:
presencia de tu amor.

Jorge Rojas
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