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El Barco

Es una ida y vuelta permanente 
tirar todo por la borda y empezar de nuevo 
 
Es pisar el fondo para saltar hacia otro costado 
pero tu rumbo ya está marcado y se inclina /
nuevamente hacia allá
creando las mismas cosas que acabás de arrojar 
y cuando están en tus manos 
te das cuenta que es todo lo mismo 
 
atrapado entre el mar buscando la montaña que no /
se vislumbra
pero está 
es simplemente empezar todo de nuevo 
una y otra vez. 

Pablo Strucchi

Ah, que tú escapes

Ah, que tú escapes en el instante 
en el que ya habías alcanzado tu definición mejor. 
Ah, mi amiga, que tú no quieras creer 
las preguntas de esa estrella recién cortada, 
que va mojando sus puntas en otra estrella /
enemiga.
 
Ah, si pudiera ser cierto que a la hora del baño, 
cuando en una misma agua discursiva 
se bañan el inmóvil paisaje y los animales más /
finos:
antílopes, serpientes de pasos breves, de pasos /
evaporados
parecen entre sueños, sin ansias levantar 
los más extensos cabellos y el agua más recordada. 
Ah, mi amiga, si en el puro mármol de los adioses 
hubieras dejado la estatua que nos podía /
acompañar,
pues el viento, el viento gracioso, 
se extiende como un gato para dejarse definir 
 

José Lezama Lima

Fanal

Roja dulzura, flor de miel y fuego,
sapiencia al rojo-blanco de tu boca;
lámpara alimentada con la loca
combustión de mi sangre y de tu ruego.

Fulva ensenada a cuyo fondo ciego
se lanza nuestro ser desde la roca
del sueño trunco... porque en vano invoca
piedad celeste o terrenal sosiego.

Cuando en la sombra pasional tu blanco
desnudo cuerpo fosforezca al roce
de mi beso -cantárida en tu flanco-

darás, ardida del fragor nocturno,
a la pradera lívida del goce
tu fulgor de maléfico Saturno.

Carlos López Narváez

He construido un jardín...

He construido un jardín como quien hace
los gestos correctos en el lugar errado.
Errado, no de error, sino de lugar otro,
como hablar con el reflejo del espejo
y no con quien se mira en él.
He construido un jardín para dialogar
allí, codo a codo en la belleza, con la siempre
muda pero activa muerte trabajando el corazón.
Deja el equipaje repetía, ahora que tu cuerpo
atisba las dos orillas, no hay nada, más
que los gestos precisos
dejarse ir para cuidarlo
y ser, el jardín.
Atesora lo que pierdes, decía, esta muerte
hablando en perfecto y distanciado castellano.
Lo que pierdes, mientras tienes, es la sola /
compañía
que te allega, a la orilla lejana de la muerte.
 
Ahora la lengua puede desatarse para hablar.
Ella que nunca pudo el escalpelo del horror
provista de herramientas para hacer, maravilloso
de ominoso. Sólo digerible al ojo el terror
si la belleza lo sostiene. Mira el agujero
ciego: los gestos precisos y amorosos sin reflejo
en el espejo frente al cual, la operatoria carece
de sentido.
 
Tener un jardín, es dejarse tener por él y su
eterno movimiento de partida. Flores, semillas y
plantas mueren para siempre o se renuevan. Hay
poda y hay momentos, en el ocaso dulce de una
tarde de verano, para verlo excediéndose de sí,
mientras la sombra de su caída anuncia
en el macizo fulgor de marzo, o en el dormir
sin sueño del sujeto cuando muere, mientras
la especie que lo contiene no cesa de forjarse.
El jardín exige, a su jardinera verlo morir.
Demanda su mano que recorte y modifique
la tierra desnuda, dada vuelta en los canteros
bajo la noche helada. El jardín mata
y pide ser muerto para ser jardín. Pero hacer
gestos correctos en el lugar errado,
disuelve la ecuación, descubre páramo.
Amor reclamado en diferencia como
cielo azul oscuro contra la pena. Gota
regia de la tormenta en cuyo abrazo llegas
a la orilla más lejana. I wish you
were here amor, pero sos, jardinera y no
jardín. Desenterraste mi corazón de tu cantero. 

Diana Bellesi

No es nada de tu cuerpo...

No es nada de tu cuerpo 
ni tu piel, ni tus ojos, ni tu vientre, 
ni ese lugar secreto que los dos conocemos, 
fosa de nuestra muerte, final de nuestro entierro. 
No es tu boca -tu boca 
que es igual que tu sexo-, 
ni la reunión exacta de tus pechos, 
ni tu espalda dulcísima y suave, 
ni tu ombligo en que bebo. 
Ni son tus muslos duros como el día, 
ni tus rodillas de marfil al fuego, 
ni tus pies diminutos y sangrantes, 
ni tu olor, ni tu pelo. 
No es tu mirada -¿qué es una mirada?- 
triste luz descarriada, paz sin dueño, 
ni el álbum de tu oído, ni tus voces, 
ni las ojeras que te deja el sueño. 
Ni es tu lengua de víbora tampoco, 
flecha de avispas en el aire ciego, 
ni la humedad caliente de tu asfixia 
que sostiene tu beso. 
No es nada de tu cuerpo, 
ni una brizna, ni un pétalo, 
ni una gota, ni un grano, ni un momento. 

Jaime Sabines

Cancioncilla 2

Tú coronas mis quince lustros
con el cíngulo de tus brazos,
con el cíngulo de tus muslos,
con el perfume de tus labios,
con el éxtasis de tu júbilo
-cabrilleante por los lagos
auriendrinos, hondos carbundos-.

Con la tersura de tus manos,
con el ardor de tu combusto
tesoro en flor, que orna melado
toisón en rizos: el refugio
fragante, que al híspido fauno
tú le donas, -intercolumnio-:
oasis tibio entre alabastros.

Tú coronas mis quince lustros
con el hechizo de tus labios;
con el cíngulo de tus muslos,
con el cíngulo de tus brazos,
con tus fulgentes ojos rútilos,
con tus besos trémulos, ávidos,
-ora lustrales, ora lúbricos...-

Con la tersura de tus manos,
con tu voz rauca en el susurro,
con tus ímpetus inexhaustos,
con tus anhelos sitibundos
que el corazón hinchente: heraldos
de los mis goces y los tuyos,
-nuestra embriaguez y nuestro gaudio-.

Con el cíngulo de tus muslos,
con el cíngulo de tus brazos,
con el prodigio intercolumnio
con el regusto de tus labios...
Tú coronas mis quince lustros
con el brillo de tus ojazos,
-gémulas de móvil mercurio-.

Con tu voz grave, con tu osado
corazón fiero, con tu iluso
férvido ensueño, con tu claro
zahareño espíritu agudo.
Con el oreo de tu cálido
sexual exhálito y efluvio,
y prístino efluvio y exhálito.

con tu severo rictus duro,
con tu sonrisa en sobresalto,
con tu silencio o tu murmurio,
-tu pasional mezzo-soprano
que se asordina en el connubio...-
Con el cíngulo de tus brazos,
con el cíngulo de tus muslos...

con la caricia de tus manos,
con el éxtasis de tu júbilo,
con el éxtasis de mi gaudio,
con nuestros éxtasis en uno,
con el embrujo de tus labios,
coronaste mis quince lustros
y continúas coronándolos...

León de Greiff

El lobito bueno

Érase una vez 
un lobito bueno 
al que maltrataban 
todos los corderos. 
 
Y había también 
un príncipe malo, 
una bruja hermosa 
y un pirata honrado. 
 
Todas estas cosas 
había una vez. 
Cuando yo soñaba 
un mundo al revés. 

José Agustín Goytisolo

Feliciano Me Adora Y Le Aborrezco...

Feliciano me adora y le aborrezco;
Lisardo me aborrece y yo le adoro;
por quien no me apetece ingrato, lloro,
y al que me llora tierno, no apetezco:

a quien más me desdora, el alma ofrezco;
a quien me ofrece víctimas, desdoro;
desprecio al que enriquece mi decoro
y al que le hace desprecios enriquezco;

si con mi ofensa al uno reconvengo,
me reconviene el otro a mí ofendido
y al padecer de todos modos vengo;

pues ambos atormentan mi sentido;
aquéste con pedir lo que no tengo
y aquél con no tener lo que le pido.

Sor Juana Inés de la Cruz

Parte de algo

Todo es parte de lo mismo 
un pedazo de material con una inyección de energía 
nadie sabe nada y todos hablamos 
de lo que significa la vida y la muerte 
y creemos que tenemos las respuestas 
dentro de nosotros y es verdad 
pero dentro nuestro y no dentro mío 
porque soy todos parte de algo 
 

Pablo Strucchi

El gallo Pinto

El gallo Pinto se durmió y 
esta mañana no cantó, todo 
el mundo espera su cocoricó, 
el sol no salió porque aún no lo oyó. 
El gallo Pinto se durmió y 
esta mañana no cantó, todo 
el mundo espera su cocoricó, 
el sol no salió porque aún no lo oyó 
El gallo Pinto no pinta, 
el que pinta es el pintor. 
Que el gallo Pinto las pintas 
pinta por pinta pintó. 

Javier Villafañe

Hay fases fugitivas en el cuarto creciente de la luna,

Hay fases fugitivas en el cuarto creciente de la /
luna,
en las fuerzas sombrías que llevaron y trajeron, 
un carro de pan, para posarlo
en la mesa y hacerlo rodar. 
Así, un día después de otro día, 
con gusto a naranjada en los labios. 
?¿Perderé por todo lo prisionero que había en mí? 
?¿Esas voces granulosas me están llamando?
Eran respuestas a un mensaje de un mensaje, 
que se internaba por vallas disueltas, 
ríos desbordados, manchas de aceite 
para lo inacabado. 
 

Homero Nicolás Manzione

La que pasea

El aire la recibe cuando anda,
el cielo la posee, los árboles la besan,
la ama el mar.
Sus pies no pertenecen a su cuerpo, 
sino al camino.
Sus piernas le obedecen
como columnas a la Música.
Sus pasos desprendidos del tobillo
no caen en el silencio
como sonidos huérfanos.
Cada uno es guardado en la tierra
como campanas en la memoria.
No se aleja, se acerca. 
?Alejarse es volver a besar
en el aire que espera?.
Como las olas condenadas
a gastar un lugar 
el Movimiento no la deja partir. 

Orfila Bardesio

No Importa Que La Sangre Corra Formando Mares,

que mis ojos se vuelvan de metal y de arena,
él gobierna y lo dice:
"Morirá quien yo quiera,
cuando yo lo desee y en el momento justo.
No importa si se ha vuelto del color de las nubes,
si es leopardo o serpiente.
Yo acabaré con él y con su mala estirpe.
Los guardianes me han dicho
que ahora tiene la forma de un alazán oscuro.
Pues bien, poco me importa,
que voy a hacerme un manto con sus crines de seda."

Eso dijo mi padre sin mirarme a los ojos.

Elsa López

Tiempo Arriba

¿Cómo podrás estar, querida Sabia,
sufriendo con tus ojos todo el día
tanto torvo mural, volada reja,
-comiendo como un pájaro en la nieve-
sonriendo y haciendo que no has visto
tanta pared gritando: «prohibida
la vida», sí, la gran envenenada?

¿Cómo sucede así, querida mía,
sin que quiebren las cosas más hermosas,
sin que el mar caiga al punto en la ruina,
el pan no sea ya el pan, la luz se seque,
y yo no muera o de repente tome
un camino y no sepas de mí nunca ?

Marisa Sabia y otros poemas, 1963.

Eladio Cabañero

¿Y más allá?

Un extraño viajero musitaba en la noche: 
 
-Yo escalaré la cima; profanarán mis huellas 
la nieve que cien siglos dejaron al pasar 
y en lo alto, cara a cara, miraré las estrellas... 
-¿Y más allá? 
 
-Romperé la maraña de los bosques añejos, 
violaré con mis manos toda virginidad 
y veré nuevos mundos sobre los mundos viejos. 
-¿Y más allá? 
 
-Lucharé contra todo lo imposible; mi grito 
será luz en el hondo silencio secular 
y venceré en la lucha, porque soy de granito. 
-¿Y más allá? 
 
-No habrá un palmo de mundo que yo ignore; mis /
ojos
bajarán al abismo, subirán al azul 
y, como dos palancas, romperán los cerrojos 
del libro del Destino que agobia mi testuz. 
 
Soy una imagen vaga, la sombra de un deseo; 
pero hallaré algún día mi oculto manantial... 
¡Entonces seré el Hombre que soñó Prometeo! 
-¿Y más allá? 
 

 
Más allá, más allá. Y esa voz era fría 
como un trozo de hielo. 
¿Qué ha /
de ser más allá?
¡Pero el hombre, incansable, por la senda seguía 
y su canto en las sombras era un himno inmortal! 
 

Leopoldo Marechal

Visión

Se sueña, se presiente, se adivina, 
estremécese el labio y no la nombra; 
el alba la ve huir de la colina 
velada entre los pliegues de la sombra. 
 
Espira el melancólico perfume 
de la rosa en un féretro olvidada; 
se deshace en incienso, se consume 
a la rápida luz de una mirada.
 
Hermana de la tarde, pensativa 
en el fondo del valle resplandece; 
un instante deslumbra, y fugitiva 
en el pálido azul se desvanece 

Rafael Obligado

Al Niño Elis

Elis, cuando el mirlo llame en el oscuro bosque
será tu ocaso.
Tus labios beben frescura en la pedregosa fuente azul.

Cuando tu frente sangre suavemente
olvida las antiguas leyendas
y el oscuro augurio del vuelo de los pájaros.

Pues tus leves pasos se adentran en la noche
cargada con los púrpuras racimos de la vid;
mientras el azul hace más bello
el movimiento de tus brazos.

Se escucha un espino,
allá donde vuelan tus dos ojos de luna.
Ah, hace cuánto tiempo que eres de la muerte.

Tu cuerpo es un jacinto
donde un monje sumerge sus dedos de cera.
Y una cueva sombría es nuestro silencio
de la que a veces surge un apacible animal.
Deja caer lento los pesados párpados.

Sobre tus sienes gotea un oscuro rocío,
el último oro de las estrellas extinguidas.

Versión de Helmut Pfeiffer

Georg Trakl

Soneto de La Separación

De repente la risa se hizo llanto,
silencioso y blanco como la bruma;
de las bocas unidas se hizo espuma,
y de las manos dadas se hizo espanto.

De repente la calma se hizo viento
que de los ojos apagó la última llama,
y de la pasión se hizo el presentimiento
y del momento inmóvil se hiso el drama.

De repente, no más que de repente,
se volvió triste lo que fuera amante,
y solitario lo que fuera contento.

El amigo próximo se hizo distante,
la vida se volvió una aventura errante.
De repente, no más que de repente.

Versión de César Conto

Vinicius de Moraes

La Rosa

La rosa,
la inmarcesible rosa que no canto,
la que es peso y fragancia,
la del negro jardín en la alta noche,
la de cualquier jardín y cualquier tarde,
la rosa que resurge de la tenue
ceniza por el arte de la alquimia,
la rosa de los persas y de Ariosto,
la que siempre está sola,
la que siempre es la rosa de las rosas,
la joven flor platónica,
la ardiente y ciega rosa que no canto,
la rosa inalcanzable.

Jorge Luis Borges